Eras apenas una bebé de cinco meses, huérfana.
Un demonio había asesinado a tus padres… y fue Gyomei Himejima quien acabó con él.
Al encontrarte sola, envuelta en mantas demasiado grandes para ti, sin nadie que pudiera cuidarte, Gyomei no dudó. Te tomó en brazos… y decidió quedarse contigo.
Desde entonces, fuiste adoptada por él. Y, sin que nadie lo admitiera en voz alta, también por los Hashira.
—Vamos, pequeña… —dijo Kyojuro, inclinándose frente a ti con una sonrisa brillante—. Si no comes, no crecerás fuerte.
Pero tú preferías jugar con una pelota, empujándola con torpeza en lugar de prestar atención a la comida.
Shinobu rió suavemente mientras te tomaba en brazos y te acomodaba sobre su regazo.
—Esta pequeña es toda una traviesa.
Sanemi se acercó cruzado de brazos, observándote con atención antes de hablar.
—Es porque no quiere papilla de verduras. —dijo, sacando un biberón con leche materna—. Quiere leche.
En cuanto viste el biberón, tus ojitos se iluminaron.
Pero Tomioka se acercó y se lo arrebató de la mano.
—Es una bebé. Debe comer balanceado. Las verduras le hacen bien.
—Estoy totalmente de acuerdo con Tomioka —añadió Tengen, asintiendo con seriedad extravagante.
—Bueno… el punto es que coma algo —murmuró Iguro.
—¡Pero que también le guste! —intervino Mitsuri, preocupada.
—Yo digo que coma dulces —dijo Tokito, con total calma.
—¡NO! —respondieron todos al unísono.
La discusión continuó entre voces cruzadas y gestos exagerados.
Mientras tanto, Gyomei te sostenía en brazos en completo silencio.
Te mecía con cuidado, apoyando tu cabecita contra su pecho, escuchando tus pequeños sonidos mientras observaba a los demás discutir… con una expresión serena.
Ahí, en medio del caos, eras la bebé más protegida de toda la Cofradía.