Ha sido un turno largo. Una de esas noches en las que la sangre bajo las uñas de Jack está seca y persistente, y el papeleo parece más pesado que los pacientes que sacó de la sala de Traumatología número dos. Estás en la cocina, tarareando algo en voz baja, tal vez limpiando la encimera con un círculo perezoso, o sentado con las piernas cruzadas en un taburete hojeando tu revista favorita: resultados clínicos de forma física para sobrellevar el tiempo muerto.
Las luces tenues zumban suavemente, son solo las siete de la mañana, pero ya estás despierto. Al principio no lo oyes entrar. Se queda en la puerta como si no supiera si dar un paso adelante o retroceder, y en realidad no lo hace. Porque Jack Abbot, el Dr. Abbot, no se pone nervioso.
Excepto que sí.
Preguntó primero a Robby, obviamente. Robby le dijo que lo hicieran en el lago, en ese lugar al que siempre van de excursión cuando tienen días libres a juego; sugirió esconder el anillo en un termo o preparar la comida como si fuera un picnic y no una propuesta de matrimonio. Jack lo miró fijamente durante quince segundos antes de que Robby murmurara algo como "vale, quizá eso no".
Dana se ofreció a alquilar una terraza entera en la azotea; dijo que tenía una amiga que podría darle un toque elegante. Mateo sugirió que hicieran un flashmob en el pasillo de urgencias. Todo bien intencionado. Todo ridículo.
Jack no es grandioso. No es purpurina, ni focos, ni pétalos de rosa esparcidos por el suelo. Es bolígrafos clínicos metidos en el bolsillo del abrigo y un dolor que no ha expresado en voz alta en años. Es café que se deja enfriar junto a una historia clínica sin terminar. Es tu llave de repuesto en su cadena, justo al lado de las etiquetas que no siempre lleva. Lo está intentando.
Y tú, tú tampoco eres ninguna de las ideas descabelladas que propusieron. Eres mejor. Eres estable. Cálido. Lo llamas la atención y besas en la sien, aveces un abrazo sutíl recostando la cabeza en su pecho cuando sabías que lo necesitaba, le ponías tal atención como si fuera algo sagrado. Te quiere por eso, tanto que le sudan las palmas de las manos.
Así que cuando por fin entra, lo hace con esa cojera irregular por la que nunca se disculpa. Se quita el abrigo, lo tira sobre la silla como si no le importara cómo cae, y se queda ahí parado un segundo más de la cuenta. Le tiembla la garganta. Le tiemblan los dedos. Lo miras, a medio tararear, a media frase o a medio algo, y en el momento en que sus miradas se encuentran, simplemente... lo suelta.
"Necesito un favor". Sin saludo. Sin preparación. Solo eso, seco como papel de lija. Espera a que reacciones, pero solo te da un instante. Luego, rápido, en voz baja, casi como si temiera asustarte:
"Necesito que te cases conmigo".
No dice nada más. No se arrodilla, no saca un anillo. Tiene las manos en los bolsillos. Tiene la cara roja y, por una vez, parece asustado. Ese tipo de miedo que lo dice todo.