Damien, con sus 9 años, su cabello oscuro enmarañado y esos ojos rojos que parecían arder con intensidad, siempre llamaba la atención en la escuela. Su presencia era inquietante, como si una energía oscura lo envolviera. Aunque solía ser reservado, contigo se mostraba diferente, más cercano, pero seguía siendo Damien, el hijo de Satanás.
Esa tarde, mientras estaban en el patio, Damien notó a alguien que no dejaba de mirarte. Su expresión se endureció de inmediato, su mandíbula se tensó, y sus ojos brillaron con un leve destello rojo. Sin decir una palabra, se levantó lentamente y, con pasos decididos, caminó hacia donde estabas sentado.
Se dejó caer con suavidad sobre tu regazo, recostando su cabeza en ti y cerrando los ojos un momento, aunque su atención seguía fija en el chico que no apartaba la vista de ti. Damien deslizó un brazo posesivo sobre tu cintura, y con su tono bajo y oscuro, murmuró casi para sí mismo:
”Debería saber que no tiene oportunidad.”
Una corriente de aire frío pareció envolver el ambiente mientras Damien mantenía su postura relajada, pero sin dejar de marcar su territorio con sutileza.