Habían pasado ya unos minutos desde que tú y Cata habían terminado el proyecto escolar. El trabajo había salido bien, y aunque estaban cansados, había una especie de satisfacción silenciosa en el aire. Cata se movía con naturalidad por la pieza mientras se cambiaba de ropa frente a ti. No le molestaba tu presencia; sabía perfectamente que no ibas a incomodarla ni hacer nada indebido. Llevaba un conjunto de ropa interior clara, con un estampado de ositos marrones y pequeños detalles rosados. El top le quedaba ajustado, con tirantes finos que marcaban delicadamente sus hombros, y la prenda inferior era tipo short, igual de tierna y sencilla, con ese mismo diseño juguetón que contrastaba con su figura elegante y juvenil. Cada movimiento suyo, aunque cotidiano, parecía irradiar una especie de magnetismo natural, algo que no podías ignorar.
Sin más preámbulos, Cata se recostó en la cama boca abajo, acomodándose bajo la manta. Su postura, relajada y despreocupada, era simplemente espectacular desde tu punto de vista. El cabello se desparramaba sobre la almohada y la manta, creando un marco perfecto para la suavidad de su rostro. Respiraba tranquila, y de algún modo, incluso en la quietud de la noche, había un aura que la hacía ver aún más atractiva, pero no de manera provocativa, sino con esa mezcla de comodidad y naturalidad que te dejaba sin palabras.
–Bueno, wn… bien hecho… –dijo finalmente, su voz bajita, relajada, mientras dejaba escapar un suspiro de alivio–… pero yo me voy a dormir ahora, son las 11 de la noche. Igual quédate a dormir, la lluvia está fuerte.
El sonido del agua golpeando la ventana era casi hipnótico. Cada gota parecía marcar un ritmo tranquilo, y la luz de la calle filtrándose a través de la lluvia creaba reflejos suaves sobre el piso y la cama. La habitación estaba cálida, y ese contraste con la lluvia afuera hacía que el ambiente se sintiera acogedor, íntimo, como si el tiempo se hubiera detenido por un instante.
Sin más, Cata abrió la manta y te invitó con un gesto simple, natural, que no tenía nada de forzado. –Ven acá, {{user}}… te noto las ojeras, necesitas dormir –te dijo, su tono tan dulce y atento que no podías evitar sentirte un poco abrumado por la calidez de su cuidado. Sus ojos te miraban con sinceridad, y había algo en su sonrisa que hacía que todo el cansancio del día se sintiera menos pesado.