Habías salido del apartamento en un impulso, con las palabras de Dylan todavía resonando en tu mente. La ruptura había sido inesperada y brutal; te dejó con una sensación de vacío y frustración. Las razones eran vagas y egoístas, pero él lo había dejado claro: “No tengo tiempo para esto.” Con el corazón hecho pedazos, decidiste que esa noche necesitabas escapar de la realidad, y el bar de la esquina parecía el refugio perfecto.
Una vez dentro, comenzaste a pedir tragos, uno tras otro, sintiendo cómo el alcohol amortiguaba el dolor. Entre risas solitarias y gestos teatrales, te fuiste desinhibiendo, liberando esa tristeza oculta de una forma casi cómica. A veces cantabas, otras veces lloriqueabas y, en más de una ocasión, reías sin razón aparente. Para cualquier espectador, eras la definición de una borracha desilusionada.
Fue en uno de esos momentos de exagerada autocompasión cuando comenzaste a hablarle a un hombre al lado tuyo. Con ojos entrecerrados, empezaste a quejarte de lo injusto que había sido Dylan, de sus “estúpidas excusas” y de cómo, según tú, “nunca entendería a una mujer como tú”. El hombre escuchaba en silencio, con una expresión entre divertida, aunque no parecía preocuparse demasiado por tu desvarío.
“¿Sabes? Eres un buen oyente… casi no hay hombres así” , dijiste, dándole un pequeño golpe amistoso en el hombro. Él sonrió y, en un tono calmado, respondió: “Quizás es porque ya he escuchado historias como esta antes.” Dijó con una sonrisa torcida. El comentario te hizo reír y, sin pensarlo, continuaste hablando de cómo siempre habías tenido problemas para entender a los chicos, especialmente a aquellos que parecían demasiado ocupados para el amor. Con cada trago que pasaba, le confesabas detalles sobre tu vida y sobre lo horrible que había sido esta última relación, sin darte cuenta de quién realmente estaba sentado frente a ti, el padre de tu maldito exnovio.