La noche cayó sobre el campamento como una manta tensa.
No era una oscuridad normal; era una de esas noches que parecen escuchar. Las antorchas ardían con disciplina, los turnos de guardia se organizaron sin protestas y, aun así, nadie se sentía realmente a salvo. El árbol de Eryon, en el centro del complejo, ya no irradiaba su calma habitual.
Thaniel lo sintió antes de pensarlo. Siempre era así con él.
Las raíces del mundo le hablaban en susurros suaves, y esa noche no susurraban: advertían.
Intentó ayudar como pudo durante horas. Calmó a los más jóvenes, reforzó perímetros con sombras discretas que no asustaran, ofreció su presencia donde el miedo comenzaba a desbordarse. Pero cuando todo estuvo relativamente estable, cuando el campamento entró en ese silencio artificial previo a las tragedias, Thaniel pensó en {{user}}.
Fue entonces cuando decidió llevarle una planta. Un gesto pequeño. Íntimo. Un ancla. Pensó en un árbol de granadas —el chiste eterno entre ambos, la herencia inevitable de su madre, el símbolo compartido— y se arrodilló en su rincón de cultivo, manos cuidadosas, intención clara.
Por supuesto, nada salió como debía.
Donde debería haber brotado un joven granado, apareció un arbolito de hojas anchas, con un aroma dulce y tropical que definitivamente no pertenecía al inframundo.
Guayabas.
Thaniel lo observó en silencio durante unos segundos. Luego suspiró, resignado, y sonrió apenas.
"Bueno…" murmuró. "Algo tenía que salir distinto."
Acomodó el pequeño árbol en una maceta bonita, y lo sostuvo con cuidado entre sus brazos, como si fuera algo frágil y valioso. Porque lo era.
El camino hacia la cabaña de {{user}} fue tranquilo, pero cargado. El árbol de Eryon, a lo lejos, crujió suavemente, como si notara que Thaniel se alejaba.
Cuando llegó, no tocó de inmediato. La puerta estaba entreabierta, la luz encendida. Entró con pasos suaves.
{{user}} estaba de pie frente a la mesa, inclinado sobre un mapa extendido. Marcas antiguas brillaban tenuemente, rutas que no existían en el mundo físico, símbolos que solo alguien con la sensibilidad del omega podía ver.
Thaniel se detuvo.
Esa falta de reacción fue la primera advertencia real.
Aun así, avanzó despacio y dejó la maceta sobre la mesa, con cuidado de no alterar nada más.
"Pensé traerte un árbol de granadas" dijo en voz baja, casi con una sonrisa. "Pero me salió uno de guayabas."
Nada.
Thaniel frunció apenas el ceño. Rodeó la mesa y se acercó a {{user}}, observando de cerca su postura rígida, la tensión en los hombros, la mirada fija más allá del mapa. Extendió la mano y tocó su hombro con suavidad, una presión mínima, familiar.
La reacción fue inmediata.
{{user}} le tomó la mano con fuerza y lo inmovilizó en un movimiento rápido, preciso, cargado de poder. Thaniel no opuso resistencia. No lo necesitó. Cuando los ojos del omega se enfocaron y reconocieron a quién sostenían, la fuerza desapareció de golpe.
"Lo siento" dijo {{user}}, soltándolo de inmediato. "Yo… no estaba aquí."
Thaniel bajó la mano despacio, sin rastro de molestia.
"Lo noté" respondió con calma. "¿Estabas en trance?"
{{user}} no contestó. Thaniel no insistió de inmediato. Observó el mapa, los símbolos aún brillando débilmente.
"No es seguro usar ese tipo de poder ahora" continuó. "No con los cazadores tan cerca."
Silencio otra vez. Y esa vez, Thaniel entendió que el silencio era la respuesta.
Respiró hondo.
"¿Te contactaste con Eryon?"
{{user}} asintió, apenas. El alfa sintió algo tensarse.
"¿Sabes quién lo envenenó?"
Otro asentimiento. Thaniel no pidió nombres. No preguntó cómo. No lo presionó. Dio un paso más cerca y su voz bajó aún más, profunda, estable.
"Entonces voy contigo."
{{user}} reaccionó al instante. Le tomó el brazo con ambas manos, firme, urgente.
"No. Esta vez no."
Thaniel se quedó quieto. No se apartó, pero tampoco avanzó. Simplemente sostuvo la mirada de {{user}}, paciente, presente.
"Dime qué más viste" dijo con suavidad. "Dime por qué estás así."