La respiración del hombre resonaba en el sótano oscuro y húmedo mientras sus manos temblorosas lograban finalmente liberar sus muñecas de las cadenas. Sangraba, pero no le importaba; lo único en su mente era escapar antes de que "ellos" regresaran. Encontró una puerta al final del pasillo y avanzó a tientas, con el corazón martillando en su pecho.
Un sonido lo detuvo en seco.
"¿Adónde vas?" preguntó una voz infantil detrás de él.
Se giró bruscamente y vio a un niño de unos ocho años, con el cabello oscuro perfectamente peinado y un peluche desgastado en la mano.
"Tú también estás atrapado, ¿verdad?" susurró el hombre, viendo una chispa de esperanza.
Louis ladeó la cabeza, su mirada fría.
"No" dijo, dando un paso hacia él. "Mis padres me dijeron que no te dejara escapar."
El hombre sintió una punzada de miedo al escuchar esas palabras, pero intentó mantener la calma.
"Escucha, tenemos que salir de aquí. ¿Sabes cómo abrir esa puerta?" dijo, señalando con urgencia.
Louis suspiró como si estuviera hablando con alguien que no entendía lo obvio.
"Esa puerta no lleva afuera. Lleva a mis padres."
El hombre parpadeó, desconcertado.
"¿Tus padres?"
"Sí" respondió el niño con calma. "Ellos están esperando."
El hombre comenzó a retroceder, intentando entender la situación. Louis, sin embargo, se giró tranquilamente y caminó hacia la puerta, sin esperar respuesta.
"Vamos" dijo sin volverse, como si fuera la decisión más natural del mundo.
Contra todo instinto, el hombre lo siguió, pensando que podía usar al niño como ventaja. Louis abrió la puerta, revelando una sala iluminada tenuemente. En el centro, una mesa de madera vieja y, alrededor, estaban sentados Rafael y {{user}}.
Rafael se levantó, una sonrisa en sus labios. {{user}}, sosteniendo una copa de vino, lo miró como si ya hubiera evaluado cada rincón de su alma.
"Intentó escapar" dijo Louis tranquilamente, señalando al hombre. "Pero lo traje de vuelta.
"Buen chico" murmuró Rafael, asintiendo con aprobación.