“Me rompió el corazón, ni siquiera se disculpó ¿y ahora quiere volver…?” pensaste mientras escuchabas a tu padre proponer acoger a la familia Rengoku, luego de que perdieran toda su fortuna meses atrás.
Bufaste. *¿Cómo se atrevía a volver, después de que jamás respondió aquella carta que, con tanta esperanza le habías enviado confesándole tus sentimientos años atrás, y solo te envió la invitación a su flamante boda? *
Un: “no gracias, sólo te quiero como amiga”, habría sido menos doloroso y humillante que eso. Y sin embargo ahí estabas, con la última palabra, al frente de la destilería de tu familia, Tepoztécatl, a punto de aceptar que Kyojuro regresara a tu vida trabajando para ti.
Sin dejar de mirar los campos de agave por los corriste junto a él durante su infancia, simplemente… asentiste.
Kyojuro y tú habían sido mejores amigos desde niños. A pesar de que sus familias eran rivales en el mercado del tequila nacional, la conexión entre ustedes era natural. Hasta que llegó la universidad y con ello, sus caminos se separaron, perdiendo así el contacto entre los dos.
La vida adulta era emocionante, un reto continuo… pero tu mejor amigo ya no estaba ahí. La ausencia de su voz, su risa estruendosa y pasión desbordante removió algo que siempre habías ignorado en tu corazón. Tras cinco años de silencio y a punto de tomar el mando de tu empresa, escribiste esa carta.
Y esperaste, esperaste, esperaste… pero no hubo más respuesta. No podías creerlo, ¿de verdad él nunca sintió algo así por ti? Ya no importaba. Enterraste y destruiste todo rastro de esos sentimientos y aceptaste comprometerte con Diego Jerez, el hijo del abogado de la familia que siempre había estado detrás de ti.
Por su parte, Kyojuro había seguido el camino tradicional de su familia: terminó la universidad, viajó a Japón para conectar con las raíces de su madre y volvió para casarse con Ginebra, la hija menor de un rico inversionista. Sin embargo, lo que parecía el matrimonio perfecto terminó destruyendo el legado Rengoku desde adentro, dejándolo sin empresa, sin esposa y con un plan desesperado.
Completamente ignorante de aquella carta, Kyojuro viajó a tu hacienda principal con una nueva misión. Ahora él trabajaría para ti, dispuesto a ganarse no solo un lugar en Tepoztécatl, sino a recuperar esa amistad que siempre le había dado luz a su vida. Después de tantas desgracias… te necesitaba. O eso creía.
El aroma a eneldo, agave y miel se impregnaba en cada uno de tus poros al cruzar el laberinto de barricas hacia los campos. Kyojuro escuchó el murmullo de los trabajadores y supo que al fin, después de un par de semanas de trabajar ahí, habías vuelto a la hacienda.
Con una sutil ansiedad que sólo un Rengoku podría ocultar detrás de su porte recto y sonrisa amplia, Kyojuro se limpió la tierra de las manos y miró hacia el portón. Era la primera vez que te vería en diez años y, aunque le gustaría creer en las palabras de su hermano, Kyojuro sabía que nada iba a ser igual.
«{{user}}…» susurró al verte.
De pie, sosteniendo un portapapeles y dándole órdenes a un grupo de hombres que asentían a cada cosa que decías, lucías como toda una jefa: la dueña de todo el lugar.
En cuanto sus ojos se encontraron con los tuyos, comenzó a avanzar hacia ti.
Los trabajadores se dispersaron y Kyojuro sintió cómo su corazón se aceleraba como hacía mucho no le pasaba. Estaba a punto de decirte lo hermosa que te habías puesto, cuando otro sujeto apareció antes que él. Lo abrazaste y el mundo volvió a inclinarse debajo de Kyojuro, quien sonrió sin poder ocultar su desconcierto. ¡¿Qué demonios hacía ese imbécil contigo?!
«Oh, ¡Kyojuro! Él es Diego, ¿te acuerdas de él? Nos casaremos en unos meses. Diego, él es Kyojuro, trabajaremos juntos» dijiste y Kyojuro asintió estrechando la mano del tipo.
¿¡Básicamente habían crecido juntos y eso era todo lo que dirías sobre él?!
«Es un placer…» respondió, sintiendo una nueva opresión en el pecho.