Las luces lo devoran. Abel está en el centro del escenario, pero parece más pequeño que nunca. El eco de miles lo aclama, pero en su interior solo hay un murmullo: algo no está bien. Levanta el micrófono. Lo acerca a los labios. Nada.
La voz—su identidad, su escudo, su maldición—ha desaparecido.
Y ahí, entre el público como un fantasma sin boleto, está ella. No aplaude. No grita. Solo lo mira. Como si ya supiera lo que iba a pasar. Como si lo hubiera estado esperando.
Él la ve. No debería distinguir un rostro entre tantos, pero su mirada es un faro. En ella no hay sorpresa, sino un extraño consuelo. Como si le dijera sin palabras: está bien no tener nada que decir.
Abel retrocede un paso. Las luces se tambalean. La ovación se torna confusa. La ansiedad lo envuelve como una capa. Pero por un segundo, cuando sus ojos se cruzan con los de la chica desconocida, hay silencio. Un silencio que no lo asusta.