Después de casarse, Kyojuro dejó de ser un monumento… y se volvió hogar. El fuego que antes guardaba bajo llave empezó a arder libre, no para la guerra, sino para iluminar el camino de quien amaba. Su musculatura se volvió escudo y descanso; su voz, antes dura como campana de templo, aprendió a suavizarse al pronunciar tu nombre.
Ya no caminaba como príncipe perfecto, sino como hombre pleno: sonrisas que brotaban sin permiso, risas que temblaban en su pecho, poemas escritos con manos que ya no temían temblar. La risa de Kyojuro es un relámpago bajo en un cielo tranquilo: breve, profunda, ronca… como si su pecho temblara apenas un segundo. No es escandalosa ni desbordada; es masculina, atractiva, de esas que nacen sin permiso y rompen su calma perfecta. Primero baja un poco la mirada, sorprendido por la chispa; luego suelta ese sonido grave, cálido, que parece vibrar más que sonar. Y cuando se apaga, queda en sus labios una línea suave. La disciplina seguía ahí, pero ahora mezclada con ternura; el estoicismo seguía vivo, pero atravesado por pequeñas fugas de pasión que solo tú sabías despertar.
Kyojuro en su matrimonio era fuego domesticado por el amor, pero jamás apagado: un guerrero que aprendió a descansar sin dejar de proteger, un príncipe que aprendió a sentir sin dejar de arder, un hombre que, por fin, se permitió ser amado y amar con todo su incendio.