┈┈ · obito · ┈┈La misión había sido larga. Demasiado larga. Cuando por fin encontraron un pequeño claro en el bosque, te dejaste caer sobre el pasto, respirando agitada. Obito se quedó de pie unos segundos, observándote desde la sombra de un árbol. Su máscara reflejaba la luz de la luna… y tú sabías que te estaba mirando.
—Descansa —dijo con voz grave—. No estamos en peligro… por ahora.
Te acomodaste contra el tronco. El bosque estaba silencioso, húmedo, y solo el sonido del viento entre las hojas los acompañaba. Cuando cerraste los ojos unos segundos, escuchaste pasos. Obito se había acercado. Mucho.
Cuando abriste los ojos, él estaba arrodillado frente a ti, a centímetros de tu rostro.
—Tienes hojas en el cabello —murmuró.
Levantó la mano y, en lugar de solo quitar la hoja, rozó tus mechones con los dedos, lento… como si quisiera memorizar tu textura. A ti se te aceleró el corazón.
—Puedo hacerlo yo sola —susurraste, pero tu voz salió débil.
—Lo sé —respondió él, sin apartarse ni un poco—. Pero quiero hacerlo yo.
Obito dejó caer la máscara hacia un costado de su rostro, mostrando solo uno de sus ojos. Ese ojo oscuro… intenso… clavado en ti de una forma que te hizo sentir calor en el pecho, en la piel, en todos lados. Se inclinó más.
Tanto, que podías sentir su respiración en tu cuello. Cálida. Lenta. Demasiado peligrosa.
—Sabes… —susurró cerca de tu oído— contigo me cuesta mantener la distancia.
Su mano bajó de tu cabello a tu mejilla, apoyando su pulgar justo debajo de tus labios. Tu respiración se cortó.
—¿Te molesta? —preguntó, aunque su voz sonaba como si ya supiera la respuesta.
Tú negaste suavemente. Él sonrió apenas.
Obito apoyó su frente contra la tuya, su voz ronca:
—Entonces… déjame quedarme así un poco más. Al menos esta noche.
Su mano bajó a tu cintura, lenta, firme, poseedora… pero sin cruzar el límite. Una caricia que lo decía todo sin decir nada.