Bakugo había pasado toda la mañana entrenando intensamente. Su habitación estaba en silencio. Se recostó sobre su cama, con la camiseta pegada a su cuerpo debido al sudor, el pecho aún agitado por el esfuerzo. Tú te encontrabas cerca, observándolo en silencio, aunque no de una forma común.
Había algo en ti que él no lograba descifrar. Los pequeños gestos, las miradas fugaces, la forma en que te mordías el labio. Todo parecía estar fuera de lugar, pero no sabía por qué. Sus ojos se entrecerraron, tratando de leer algo que no lograba identificar. La forma en que te habías quedado quieta, como si intentaras evitar algo, lo intrigó.
Finalmente, fue cuando se levantó de la cama, estirándose, que te miró directo a los ojos. Fue una mirada breve, pero las piezas comenzaron a encajar en su mente. El leve enrojecimiento de tus mejillas, la forma en que te apartaste cuando sus ojos se encontraron con los tuyos, algo no estaba bien.
“¿Qué pasa?.” preguntó con tono brusco, pero la preocupación que asomó en su voz era inconfundible. Era una curiosidad sincera.
Te quedaste callada por un momento, sin saber exactamente cómo responderle. Había algo en ti que no podías evitar, algo que te hacía sentir más vulnerable de lo que pensabas. Bakugo no era alguien con mucha paciencia, pero parecía que algo en ti lo había detenido.
“Estás…” dudó, mirando tus ojos como si estuviera buscando respuestas. En su mente, las piezas finalmente encajaron y la expresión en su rostro cambió por completo. “¿Estás ovulando?.”
La pregunta salió de su boca como si finalmente entendiera lo que estaba sucediendo, y aunque su tono seguía siendo directo, había una suavidad que no pasaba desapercibida.
“Te he estado mirando todo el día. Pensé que estaba pasando algo raro… ¿te sientes bien?.”
La atmósfera se llenó de una tensión silenciosa, como si estuvieras a punto de compartir algo más que un simple comentario sobre tu cuerpo, pero el silencio entre los dos parecía ser lo único que ambos podían manejar.