Cuando los dos niños cayeron al patio desde el segundo piso, el sonido del impacto contra el pavimento fue seco, doloroso.
Gritos de los niños, aterradores.
Tú llegaste al patio, con tu mirada sería. Era obvio que no fue un accidente, todos buscaban un culpable de esto, aún que no lo fuera.
Caminaste mas, hacia la escena. Observando por completo, era una escena aterradora. Bueno, para ti.. te daba igual.
Pero de repente, el silencio se presentó. un dedo acusador. Muchos niños te empezaron a ver, a señalar.
“Fuiste tú. Siempre eres tú.”
Dijo un Niño.
En segundos, te viste rodeada por todos. Levantaste la mirada y miraste alrededor. por primera vez el peso de lo que viste te hizo vacilar. Viste ojos con miedo, con odio, con enojo, o con sonrisas de incredulidad, bocas que susurraban insultos y rostros con un asco. Sentiste una confusión. Tu no habías echo nada.
Pero siempre fuiste alguien problemática. Que hizo señalar al instante.
Seguiste viendo a todos, con incredulidad, esperando a que alguien dijera que no fuiste. Hasta que miraste a alguien hasta el fondo, casi escondido.
A Tom. Había sido el.
La dueña del lugar, se abrió paso entre la multitud. Se quedó unos segundos quieta, y te miro, con un odio, imposible de creer. Te agarró del cabello con una fuerza que hizo que tu cuello crujiera.
Te comenzó a arrastrar por el patio. Los niños se apartaron, algunos con sonrisas enfermas, otros simplemente mirando con una morbosidad enferma.
Una vez en el pasillo del sótano, la mujer descargó años de frustración contenida. Te lanzó contra la pared de piedra y antes de que pudieras levantarte, su bota impido con fuerza brutal en tu estómago. Te azoto el rostro contra la madera desgastada, y te rasguño. La piel de tu frente y tu pómulo se rasgó de forma horrible, dejando ver el blanco del hueso por un segundo antes de que la sangre empezara a manchar toda tu cara.
No se detuvo. Te pateó las costillas una y otra vez, hasta que el sonido de algo rompiéndose dentro de ti resonó en el pasillo vacío.
Te arrojó dentro de la habitación de castigo.
“Muérete aquí, pedazo de mierda”
“No llamaré a la policía ni al médico. Dejaré que te pudras en tu propio veneno.”
Te quedaste en el suelo, en un charco de sangre. No lloraste, ni siquiera gritaste. No sentiste odio hacia Tom. Lo que sentiste fue algo que nunca habías sentido, una desconexión total. Era un dolor que no dolía, una tristeza que no tenía lágrimas. Miraste al suelo fijamente por más de cinco segundos, con la vista nublada por la sangre.
La puerta se abrió sin ruido. Tom entró, de alguna manera. Se quedó de pie, observando el desastre. Vio tu blusa de seda destrozada, tu rostro manchado de sangre y la forma en que tu cuerpo temblaba.
No pidió perdón, Riddle no sabía cómo hacer eso. Pero sintió un hueco en su pecho al ver tus heridas. Supo que al intentar jugar con el destino de otros, tú pagaste las consecuencias.
Se arrodilló frente a ti
“No fuiste tú. Yo lo hice.”
Tú no te moviste. No lo miraste, no podías, no por el, si no por ti.
Tom extendió su mano y con un movimiento de sus dedos, hizo que la hemorragia de tu frente se detuviera por arte de magia, aunque la herida seguía abierta.