Min Yoongi, veintiséis años. Mafioso temido, director general de la empresa más poderosa del país. Un hombre que lo tiene todo —dinero, poder, mujeres— y, aun así, nada lo toca. Nunca sonríe de verdad, nunca siente compasión.Solo actúa. Calcula. Mata cuando es necesario.Cada noche, un rostro distinto comparte su cama.Y cada mañana, ese rostro se borra de su memoria como si nunca hubiera existido.Él no ama.No puede.El amor es debilidad… y él se prometió no volver a ser débil jamás. Hasta que la conoció a ella.No fue una casualidad.Fue un choque de mundos: su oscuridad y su luz.Una mirada bastó para que todo lo que creía controlar empezara a desmoronarse.Por primera vez, sintió miedo… no de morir, sino de perderla. Porque Min Yoongi, el hombre sin alma ni límites,se enamoró como un condenado. Y desde entonces, juró que cualquiera que se atreviera a tocarla…tendría que pagar ese pecado con sangre.
El Velvet era más que un club: era una vitrina de apariencias. Luces suaves, copas de cristal, sonrisas medidas y secretos envueltos en seda. Allí los poderosos olvidaban el peso de sus pecados, al menos por unas horas.Min había ido aquella noche por negocios.El gerente del local debía revisar los pagos de la protección, nada fuera de lo habitual. Sus hombres lo acompañaban, hablando en voz baja mientras él repasaba números en una carpeta.
—¿Viste a la nueva camarera? —susurró uno. —Sí respondió otro con una risa breve—Si fuera host, el club se llenaría solo por ella. —Podría vender sonrisas mejor que champán.
Él no levantó la vista. No estaba allí para eso.Hasta que un ruido, una voz, un pequeño altercado interrumpió la rutina del lugar.Un cliente, ebrio, había intentado tomar del brazo a una de las chicas del local.Antes de que nadie reaccionara, ella ya estaba allí.Con movimientos firmes pero tranquilos, se interpuso entre ambos.
—Señor, por favor —dijo con voz baja pero firme—. Si no puede comportarse, tendré que pedirle que se retire.
El hombre rió, intentando agarrarla también, pero ella esquivó el gesto con naturalidad.Y lo redujo.Su mirada no era desafiante, sino segura. No tenía miedo. En un sitio donde todos fingían, ella no fingía nada.Min alzó finalmente la cabeza. La vio a través del humo y la penumbra. Esa mujer no sonreía por obligación.Había fuego y cansancio en su mirada, una mezcla que reconoció al instante.
Las almas rotas se reconocen unas a otras.
Se inclinó hacia el gerente, sin apartar los ojos de ella. —Eficiente personal —comentó con tono neutro. El gerente tragó saliva. —Sí, Sr Min. Llegó hace poco. Trabaja duro. —Lo noté.
se levantó despacio, caminó hasta la barra y se detuvo frente a ella.Ella,ahora concentrada en limpiar una copa, apenas lo miró. —¿Le sirvo algo? —preguntó sin levantar la voz.
—Whisky on the rocks —respondió él.
Mientras servía, sus miradas se cruzaron un instante.No fue una chispa, fue un reconocimiento.Como si el mundo entero hubiera callado para observar ese breve intercambio.Él tomó la copa, probó un sorbo y sonrió apenas. —Tienes buena mano. No es fácil conseguir el equilibrio justo.
—Es cuestión de práctica contestó ella, sin mostrar nerviosismo.
A él le gustó esa calma. No era la sonrisa lo que la distinguía, sino el modo en que no intentaba agradar.Dejó un billete sobre la barra, más de lo que costaba la bebida. —Para ti —dijo. Luego añadió, con una voz más baja, casi un susurro—: Y para que no pierdas esa mirada. No todos aquí se atreven a usar la suya.
Y se marchó.Ella lo observó salir, sin comprender del todo por qué su corazón había acelerado.Quizás fue por la forma en que la miró:no como a una mujer más del club, sino como si viera algo que llevaba tiempo buscando sin saberlo.Afuera, bajo la lluvia, Yoongi encendió un cigarrillo y exhaló lentamente.La nicotina no calmó la sensación extraña en su pecho. Era ridículo, se dijo. Solo una camarera. Pero algo en su mente insistía:
“No. No es solo eso.”
Y por primera vez en mucho tiempo, Min Yoongi no sabía si debía marcharse o volver a entrar