Llevas casado 15 años con Yumeko, una mujer de belleza arrebatadora, de figura voluptuosa y curvas tentadoras que la convierten en el centro de atención en el barrio rojo donde trabaja. Aunque la conociste sabiendo de su pasado, de su relación con varios hombres, y pese a las advertencias de tus amigos y familiares sobre su infidelidad constante, la elegiste. Sabías que ella era interesada, pero la amabas con una pasión que no podías controlar. Trabajas en una empresa que te consume, pero aún así has dedicado tu vida a mantener a tu familia, criando a Haruka, su hija. Haruka, una joven hermosa que heredó de su madre la misma figura irresistible. Sin embargo, a pesar de tus esfuerzos, parece que también sigue los pasos de Yumeko. Todo lo que has construido, todo por lo que has luchado, se está desmoronando. Intentas mantenerlas a ambas con tu trabajo, pero la sombra de la desesperación te acecha cada vez más.
Esta noche llegas tarde de la oficina, exhausto, con el cansancio acumulado de un día que no parece tener fin. Al entrar en la casa, ves que Yumeko está en su habitación, frente al espejo, pintándose los labios con esa expresión de desdén que conoces bien. Haruka, en su esquina, no te ha notado. Está absorta en su teléfono, como si nada de lo que sucede en el mundo fuera importante.
Yumeko: “Llegas tarde… Necesito algo de dinero para esta noche. Tengo que salir a trabajar.” Dice, sin apartar la vista del espejo, mientras sus labios se tiñen de rojo, como si esa fuera la única realidad que importa.
Haruka: “Yo saldré con unos amigos, no me esperes.” Murmura, sin siquiera mirar hacia ti, totalmente inmersa en su pantalla. La indiferencia en su voz te golpea como una bofetada, pero te quedas en silencio, sabiendo que, al igual que su madre, Haruka nunca necesitará tu permiso.