El rugido del Coliseo aún vibraba en las suelas de sus sandalias, una vibración sorda que subía por sus piernas cansadas. El antiguo esclavo, ahora el ídolo de Roma {{user}}, se dejó caer sobre el banco de piedra de las catacumbas. La sangre —una mezcla de la suya y la de alguien que no tuvo tanta suerte— le trazaba surcos calientes por el antebrazo.
De la penumbra del pasillo emergió una silueta familiar. Dorian traía consigo el aroma a lavanda y vinagre, un bálsamo necesario tras el hedor de la muerte. Su melena rubia, un desorden de rizos rebeldes, apenas se distinguía sobre su túnica blanca, ahora manchada por el polvo del oficio.
Al entrar, Dorian se detuvo en seco. Sus manos, que ya buscaban los implementos en el morral, temblaron ligeramente al ver la figura del gladiador {{user}} recortada en la luz de las antorchas. Soltó un suspiro largo, cargado de una incredulidad casi religiosa; por un momento, se quedó inmóvil, simplemente asimilando que ese hombre seguía respirando.
—Vengo por tus heridas... —dijo en un susurro, mientras se arrodillaba ante él con una devoción torpe—. Los dioses deben estar aburridos de la muerte, porque no entiendo cómo es que sigues aquí.