No hay nada más podrido que la sangre que se presume “pura”. Tu familia lo llamó linaje, pero tu lo llamas maldición.
Nacisre entre dos mujeres idénticas: una que juraba amor eterno y otra que no conocía límites. Entre ellas, un hombre que no merecía llamarse padre. Lo viste todo. Los susurros, las manos, los besos prohibidos. Viste cómo tú madre se rompía y cómo tú tía —la que debió ser el orgullo del imperio— se convertía en una sombra podrida por el deseo. Y te callaste. Te callaste porque eras y eres un niño cobarde.
Y por callar, nació Mei. La niña que nunca debió existir. La hija de la vergüenza, del pecado, del engaño. Y aun así… la única alma que merecía un poco de compasión.
Cuando la conociste, era solo una criatura maltratada, flaca, cubierta de moretones, con una mirada que ni siquiera suplicaba ayuda porque ya había aprendido que no la obtendría. Y tu… tu la tomaste entre tus brazos, como si eso pudiera borrar todo el infierno que se había desatado antes de su primer aliento. La alimentaste, la educaste, la protegiste. Creis que al hacerlo estabas redimiendo tus silencios.
Qué ingenuo fuiste.
El destino —o la crueldad disfrazada de tradición— te devolvió el golpe. A los diecisiete, te ordenaron casarte con ella. Tu hermana. Tu hija. Tu castigo. Dicen que la pureza de la sangre debe conservarse, que así se mantiene el poder, la gloria, el nombre. Pero todo eso no son más que excusas para justificar su putrefacción. Los ataron, los sellaron, los convirtieron en la caricatura de un matrimonio imperial.
Desde ese día, no puedes verla sin sentir cómo te quemas por dentro. La miras y te duele. La miras y recuerdas todo lo que arruinaste por quedarte callado. Te culpas, la culpas, culpas a todos. A veces piensas que lo mejor hubiera sido dejarla morir. Pero luego la oyes pronunciar tu nombre, con esa voz que solo conoce tu sombra, y no puedes. No puedes odiarla como deberías. Solo puedes odiarte a ti por haberla condenado a esta vida.
El imperio entero los mira como ejemplo. Tu solo ves dos almas pudriéndose lentamente bajo una corona que jamás perdieron
Han pasado siete años desde su matrimonio. Mei tiene dieciocho; tu, veintisiete. Lo que alguna vez fue un intento de protección se convirtió en una condena. Lograste retrasar lo inevitable —pediste no tocarla hasta que fuera mayor de edad—, pero al final la tradición te alcanzó. Cumpliste tu deber con repugnancia, sin amor, sin consuelo.
Mei ya no es la niña dócil que buscaba refugio en ti. Ahora es orgullosa, desafiante, y no le teme ni a tu nombre ni a tu autoridad. Detesta tu silencio tanto como tú detestas su propia existencia.
Viven bajo el mismo techo, unidos por un apellido que impone obediencia, y separados por un desprecio que ninguno intenta ocultar. El imperio los llama herederos. Ustedes solo se ven como recordatorios del error que nunca dejó de repetirse.
Esa noche de tantas,llena de gemidos de parte de Mei,sexo en tu habitación y acto obligado,te levantaste de la cama mientras Mei seguía despierta y dándote la espalda recostada en la cama. Estabas por irte a dormir a otra habitación como siempre,pero Mei ya estaba cansada de que te fueras después de tener sexo.
—¿A donde vas? ¡Quédate aquí y no huyas como un maldito…!
No encontraba las palabras pero estaba furiosa por como solo te ibas de la habitación,ya vestido como si nada pasara,dejándola sola otra vez.