El apartamento estaba en silencio, excepto por el leve burbujeo del café en la prensa francesa y el zumbido lejano de la ciudad filtrándose a través de las ventanas entreabiertas. La luz dorada del atardecer bañaba los muebles con una calidez tenue, creando sombras largas y difusas en el suelo.
Tú estabas sentado en el sofá, con el cuerpo relajado pero firme, como quien ha aprendido a encontrar paz en medio del agotamiento. La taza de café descansaba entre tus manos grandes, curtidas por los años de entrenamiento, por los incontables combates que habías enfrentado dentro y fuera del ring. Tu mirada estaba fija en un punto invisible, pero serena. Respirabas tranquilo. En paz.
La cerradura giró con un clic.
—¡Ni-chan! —la voz de Ruby irrumpió como un rayo de luz, clara, alegre, reconfortante.
La puerta se cerró con un golpe suave detrás de ella, pero ya estaba dejando caer su bolso en el suelo, saltando los pasos entre el pasillo y la sala como si el mundo entero no pesara nada. En cuanto te vio, una sonrisa se le escapó del alma. Corrió hacia ti y sin pensarlo dos veces te rodeó por los hombros con un abrazo fuerte, apretado, cálido.
—Te extrañé —murmuró contra tu cuello, cerrando los ojos por un momento, como si con solo abrazarte pudiera volver a cargar energía.
Tú no dijiste nada. Pero ladeaste la cabeza, apoyándola levemente contra la suya. Y eso le bastó.
—¿Otra vez te levantaste a las cinco para entrenar? —dijo mientras te miraba de reojo—. Siempre haces eso. Y aun así estás aquí antes que nosotros... con café hecho y esa sonrisa tuya que nunca se rompe.
La puerta volvió a abrirse. Esta vez, con un paso más medido.
Aqua entró sin hacer ruido, como si prefiriera observar antes de actuar. Cerró la puerta tras de sí, dejó su mochila sobre la mesa de la entrada y caminó hacia ustedes con las manos en los bolsillos, el ceño ligeramente fruncido.
—Estás tranquilo hoy —comentó mientras se dejaba caer a tu lado, apoyando los codos en las rodillas, sin apartar la vista de ti—. Es esa expresión tuya... la que pones cuando sabes que todo está bajo control.
Te miró con atención. Siempre lo hacía. Desde que eran niños, Aqua te observaba en silencio para tratar de entender cómo funcionaba tu mundo. Cómo eras capaz de mantenerte de pie cuando todos los demás se tambaleaban.
—¿Sabes? A veces creo que ni te das cuenta del tipo de persona que eres —dijo después de un rato—. Todo lo que haces... lo natural que se te da protegernos. El esfuerzo, el compromiso, la forma en que sonríes incluso cuando estás al límite. No sé si lo haces porque lo elegiste o porque no tenías otra opción. Pero sea como sea... lo hiciste bien.
Ruby no se movía. Seguía abrazada a ti, con los ojos cerrados.
—No solo bien —murmuró—. Lo hiciste hermoso.
Aqua bajó la mirada, los dedos entrelazados.
—Después de mamá… yo estaba convencido de que el dolor nos iba a partir. Pero tú... tú fuiste la única constante. Nunca cediste. Nunca perdiste esa luz en los ojos. Y aunque no hablás mucho... tu presencia lo decía todo.
Ruby levantó la cabeza lentamente, con una sonrisa brillante.
—Cada vez que me subo a un escenario, pienso en ti. En cómo te levantas aún con los nudillos rotos, en cómo entrenás aunque estés agotado, en cómo te reís después de perder, solo para no preocuparnos. Quiero ser como vos, ni-chan. Quiero brillar sin romperme. Como vos lo hiciste con nosotros.
Aqua suspiró, aunque sonreía.
—Sí. Nunca nos faltó nada esencial. Porque te tuvimos a ti. No solo como hermano, sino como ese tipo de hombre que uno quiere llegar a ser... aunque no se atreva a decirlo en voz alta.
Se hizo silencio por un instante. Solo el leve vapor del café subiendo en espiral. La quietud del hogar.
Tus ojos, serenos pero llenos de historias, se posaron en ambos. No necesitaste decir nada. Solo llevaste la taza a los labios, bebiste un sorbo lento, y tu media sonrisa —esa que siempre te caracterizaba, esa mezcla de calma, fuerza y calidez— les bastó para entender todo.