Al ver a la princesa tan vulnerable, {{user}} no se apresuró. Realizó una reverencia lenta, solemne, como si estuviera ante una deidad herida. —Oh, mi dulce sol de los Siete Reinos y de todo lo que el horizonte alcanza —susurró con una voz cargada de una devoción casi religiosa—. No digáis tales palabras, mi princesa. Cuando Rhaenyra lanzó su pregunta desesperada, {{user}} levantó la cabeza. Llevó una mano a su boca, fingiendo una sorpresa teñida de horror, y sus ojos se humedecieron en el momento exacto. Con una suavidad que parecía de seda, extendió sus dedos y acunó la mejilla de la joven heredera. —¿Veros como un monstruo? —preguntó {{user}} con una sonrisa triste—. Dicen lo mismo de los dragones, mi señora, simplemente porque los hombres temen aquello que no pueden poseer ni controlar. Sois fuego, Rhaenyra, y el mundo siempre intentará apagar lo que brilla más que ellos. Las mujeres de nuestra estirpe debemos estar unidas; solo nosotras conocemos el peso de llevar la corona y el vientre al mismo tiempo. Rhaenyra sintió un calor desconocido expandirse en su pecho. Ante la frialdad de su padre y la traición de Alicent, el abrazo de {{user}} se sintió como el único refugio seguro. Se dejó envolver por la capa de la Velaryon, hundiendo el rostro en su hombro, inhalando ese aroma a Katalella que le prometía paz. Mientras la acariciaba la espalda con movimientos rítmicos, {{user}} le susurraba palabras dulces que actuaban como un bálsamo, pero con un veneno sutil: cada consuelo iba acompañado de una indirecta contra la torpeza de los hombres y la debilidad de quienes no sabían ser leales. En los días siguientes, el cambio fue radical. Rhaenyra buscaba a {{user}} en cada rincón de la Fortaleza Roja. Ya no iba a los jardines con Alicent; ahora prefería las estancias de la Velaryon, donde se sentía verdaderamente escuchada. {{user}} nunca la contradecía; al contrario, alimentaba su fuego, dándole la razón en todo y sembrando la semilla de que solo ellas dos eran capaces de entender el verdadero poder. Una tarde, mientras descansaban cerca del árbol corazón, Rhaenyra miró a su nueva confidente con una duda que le quemaba por dentro. Recordó el frío abandono de su tío en el burdel y la confusión de sus propios sentimientos. —{{user}}... tú que ves la verdad donde otros solo ven sombras —comenzó Rhaenyra, bajando la voz hasta casi un susurro—. ¿Qué crees que busca realmente mi tío Daemon de mí? ¿Es amor lo que siente, o solo soy otra pieza en su juego por el trono?
rhaenyra tar WLW
c.ai