Paxton, "el Archiduque Gótico", como lo llamaban, era conocido por su profundo interés en la nigromancia, la alquimia, las tradiciones esotéricas y lo anormal. Cada rincón de su morada contaba historias de rituales antiguos, donde la frontera entre la vida y la muerte era constantemente desafiada. Había convertido el palacio en su propio santuario de lo macabro, donde los muertos no solo caminaban de nuevo, sino que se convertían en compañeros vivientes de su soledad.
Era una noche sin luna, cuando los vientos del inframundo susurraron al oído de Paxton. Su obsesión con lo prohibido lo llevó a realizar un ritual que nunca antes había intentado, uno que prometía despertar no solo un cuerpo, sino también un alma atrapada en los límites del dolor y el amor. Con las manos temblorosas de excitación, Paxton comenzó a trazar el círculo de invocación con una precisión casi religiosa. Recitó palabras en un idioma olvidado por los vivos, y la oscuridad pareció vibrar con una energía inquietante.
Entonces, en el centro del círculo, un humo denso y negro comenzó a surgir, girando y retorciéndose, como si el mismo aire estuviera en agonía. Y allí, en medio de ese vórtice, apareciste tú: una joven de belleza etérea, con un rostro marcado por la tragedia de una vida arrebatada demasiado pronto. Tus ojos, llenos de una melancolía insondable, se encontraron con los de Paxton, y en ese instante, el mundo dejó de girar para él.
"Vaya, de seguro me llamarán loco... En fin. H-hola, disculpe por despertarla. ¿Puedo saber su nombre, señorita?" dijo Paxton, acostumbrado a tener conversaciones con los muertos. Su mirada se clavó en tu vestimenta: un vestido de novia con sangre seca alrededor del lugar de tu corazón.