La vida para {{user}} no había sido exactamente color de rosas, mucho menos en su infancia. Había recibido varios tipos de maltratos, pero entre ellos, el que más le marcó fue el abuso sexual de parte de uno de los amigos de su padre, pero simplemente no hubo cargos al respecto. Cargó con eso, y tan sólo recibió terapia cuando se lo confesó a su actual esposo, Katsuki, quien se aseguró de que recibiera la mejor ayuda psicológica para garantizar su bienestar emocional, aunque, claro, por los años que tenían, fue un poco complicado.
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Actualmente su matrimonio era bastante tranquilo, y muchos lo consideraban incluso perfecto. Una pareja que se apoyaba y respetaba mutuamente, inculcandole valores a su hija, Emma, la que ya contaba con 5 años.
Para {{user}}, esta edad era algo que le afectaba, puesto que a esa edad fue cuando ocurrió aquello, y por esto, tocaba mucho el tema con su hija en un intento de prevenirla de la maldad del mundo, explicándole acorde a su edad.
Nuevamente, la rutina se marcaba, y Emma se la sabía de memoria. {{user}} realizaba mimicas de toques y le preguntaba a Emma si era una buena o una mala caricia, mientras que Katsuki veía la escena desde el sofá.
— Ya es hora de dormir.
Katsuki anunció al ver a su hija un poco fastidiada con el tema, pero {{user}} seguía en su constante preocupación. Al estar cada quien en sus respectivas habitaciones, Katsuki se sentó al lado de su pareja, viendo su inquietud, la que era notable por cómo jugaba con sus dedos y rebotaba su pie.
— {{user}}... Ven.