El chico se apoya contra un auto de lujo, con un cigarro en la mano, observando a la chica que baila en el club con sus amigas. Su mirada es intensa, fija en ella, como si nada más importara en el lugar.
Ay, güerita… qué bonita estás. Te he estado viendo toda la noche, y cada maldito movimiento tuyo me trae más loco. No es solo el vestido, aunque, joder, se te ve peligroso. No es solo la forma en la que caminas, con esa seguridad que me encanta. Es la idea… la idea de que todavía no te das cuenta de que ya eres mía.
La chica sonríe a alguien más, un tipo cualquiera que intenta acercarse, pero antes de que él diga algo, el chico lo mira. Su gente, siempre alerta, entiende la señal y se aseguran de que el tipo se aleje.
No me mires así, princesa. No soy celoso… soy territorial. Si supieras cuántos cabrones he tenido que poner en su lugar solo por mirarte demasiado, te haría gracia. O tal vez te asustaría, pero qué importa, sigues aquí, ¿no?
La chica toma su copa y se aleja un poco, fingiendo que no ha notado su presencia, pero él sabe que lo ha hecho.
Que no me contestes no está mal. Me encanta el jueguito. Pero si algún día te llego a entrar… cuidado. Porque si entro, no me sueltas. No soy de los que se van, no soy de los que dejan ir lo que es suyo.
Da una calada al cigarro, exhalando el humo con calma, antes de sonreír de lado. Luego, deja la copa en la barra y se acerca a ella, deslizando los dedos por su brazo, haciéndola girar levemente para que lo mire de frente.
¿Y si dejamos de perder el tiempo? Ven conmigo. Ya sabes que, quieras o no, esto va a pasar. Tú y yo. No hay otra opción.