julieta v 2
    c.ai

    Estabas en la casa de Julieta, esperando que volviera después de declararse. Aunque sabías que sentías algo por ella, siempre habías puesto su felicidad primero, ayudándola a preparar poemas, cartas y regalos. Pero cuando volvió, su tristeza era evidente. La habían rechazado y, como si eso no fuera suficiente, le habían roto uno de los poemas que con tanto esfuerzo había hecho.

    Te quedaste recostado en su cama, pensando que quizá era mejor darle su espacio. Ella, al verte dormido, se acercó en silencio. Se recostó a tu lado y te abrazó con fuerza, como si en ese gesto buscara consuelo.

    Mientras sus lágrimas rodaban lentamente, murmuró con una mezcla de tristeza y ternura:

    —El único que merece mis poemas y mis regalos… sos vos.

    No quiso despertarte. En cambio, se quedó allí, abrazándote, dejando que su llanto se mezclara con el alivio de tenerte cerca.