Airi Yagi nació siendo la hija del hombre más admirado del mundo. Para todos, su padre era un héroe imparable, una figura invencible: All Might. Para ella… era solo una sombra.
Desde pequeña, Airi quiso seguir sus pasos. No por fama, no por gloria, sino para que él la viera. Para que la mirara con los mismos ojos brillantes con los que miraba a Izuku Midoriya.
Pero cada vez que lo intentaba, cada vez que se esforzaba, lo único que escuchaba era:
—“Midoriya habría hecho mejor ese movimiento.” —“Él no se rinde, deberías aprender de eso.” —“Izuku tiene lo que hace falta… tú todavía no.”
Al principio, dolía. Luego, se volvió costumbre. Y con el tiempo, dejó de sentir.
Airi entrenaba en silencio. Pasaba por la escuela sin destacar. No porque fuera débil, sino porque ya no tenía para quién brillar. A su padre solo le importaba su sucesor. Izuku, el elegido. Izuku, el heredero. Izuku, el hijo que nunca tuvo… y que reemplazó a la que sí tenía.
Una noche, Airi llegó a casa con una herida profunda en el costado. Había salvado a una niña de ser atropellada por un villano en fuga. Tosía sangre. Estaba temblando.
Toshinori apenas levantó la mirada del teléfono.
—“¿Sabes que Izuku habría evitado esa herida? Él piensa antes de actuar.”
Airi no respondió. No lloró. Solo se quedó de pie un momento…