Roach y tú habían sido inseparables desde el primer día en el ejército. Siempre juntos en misiones, siempre bromeando, siempre cuidándose el uno al otro. Sus comentarios coquetos eran bromas, o al menos eso creías, y cada gesto de complicidad parecía reforzar una amistad sólida, irrompible.
Pero en las últimas semanas algo había cambiado. Roach estaba tenso, evasivo. Sus bromas desaparecieron, sus risas se apagaron y hasta su mirada esquiva te hacía sentir un vacío que antes no existía. Cada vez que lo encontrabas en la base, sentías un choque de emociones: frustración, preocupación… y algo más que no sabías cómo llamar.
Y entonces, un día, todo se derrumbó.
—Te… necesito decir algo — susurró Roach, su voz temblando apenas, como si cada palabra le costara arrancarla de su pecho. Su mirada buscaba la tuya, intensa, vulnerable, esperanzada.
Sentiste que el corazón se te detenía. Cada músculo se tensó. Sabías que era él, sabías que era real, y aun así tu respuesta fue inmediata.
—Roach… —dijiste, firme, evitando mirarlo demasiado de cerca—. Yo… solo te veo como un amigo.
La confesión, aunque cierta, fue como un golpe para ambos. Lo viste retroceder, sus hombros cayeron apenas, y un silencio pesado llenó la habitación. No había reproche, pero había algo que dolía más: la distancia invisible que acababa de colocarse entre ustedes.
Durante días, Roach desapareció de tu rutina. Evitaba mirarte, evitaba cualquier contacto. Cada pequeño gesto suyo te recordaba que algo había cambiado, y no podías ignorarlo. La frialdad que mostraba, la manera en que apartaba la mirada, te quemaba desde dentro.
Hasta que ya no pudiste más.
—¡ROACH! —gritaste, tu voz cortando el silencio de la base. Avanzaste hacia él, con pasos firmes y el corazón latiendo a mil, y lo agarraste del brazo, deteniéndolo —Tenemos que hablar.
Sus ojos se abrieron con sorpresa y un destello de miedo. Intentó zafarse, pero tus manos no lo dejaron. Sus labios se movieron, buscó palabras que parecían atorarse en su garganta.
—No… no sé qué decir… — susurró, casi un jadeo, y tu corazón se estremeció al ver su vulnerabilidad.
—¡Di algo, Roach! —exigiste, tu voz baja y firme, mezclando frustración y preocupación—. No podemos seguir así. Esto… lo que sea que está pasando… no puede quedarse así.
El silencio volvió, pesado, eléctrico. Sus ojos buscaban los tuyos, y en ese instante todo cambió. No era solo amistad. La tensión, la cercanía, la forma en que sus hombros apenas rozaban los tuyos… algo vibraba entre ustedes que nunca había existido antes.
—Creí que podía… — susurró, tragando saliva, su respiración rápida —. Creí que podría manejarlo, pero… verte así… cerca… me vuelve loco.
Tu pecho se tensó. Todo en ti quería retirarte, alejarte, mantener la calma… pero algo más quería inclinarse hacia él, sentirlo cerca, escuchar su respiración.
—Roach… —dijiste, con la voz apenas un hilo—. Esto… esto nos cambia todo.
Él no dijo nada, solo te miró, los ojos brillando con mezcla de culpa, deseo y miedo. Y por primera vez, ambos entendieron que lo que sentían no podía quedarse en silencio ni en distancia.
La tensión en la base, en ese espacio cerrado, en sus cuerpos cercanos, en sus miradas… era tan intensa que ninguno podía apartarse. Algo estaba por romperse, y ambos lo sabían.