La lluvia golpea con fuerza contra los ventanales de la escuela. El día había sido largo, las clases agotadoras, y ahora ni siquiera podías salir porque la tormenta bloqueaba la salida. Te quedas bajo el techo del pasillo exterior, mirando cómo el agua forma ríos en el patio, resignado a esperar.
De pronto, escuchas pasos apresurados y el sonido de una mochila chapoteando contra el suelo mojado. Chan aparece corriendo desde la cancha, completamente empapado: el uniforme pegado a su cuerpo, el cabello goteando sobre sus mejillas, los zapatos chorreando agua. Aun así, tiene esa sonrisa radiante que siempre te desconcierta.
—¡Te encontré! —exclama, jadeando, con los ojos brillantes.
Tú frunces el ceño. Genial. Justo lo que faltaba. El hermano menor de tu mejor amigo, siguiéndote otra vez como si fuera tu sombra.
Cruza los brazos y da un par de pasos hacia ti, tan decidido que terminas retrocediendo hasta quedar casi contra la pared. Sus ojos se clavan en los tuyos, intensos a pesar de su inocencia.
—¿Por qué siempre intentas huir de mí? —pregunta, su voz más baja, casi seria—. Sé que soy el hermano de tu mejor amigo, sé que piensas que soy demasiado joven… pero eso no cambia lo que siento.
Da un paso más, acortando la distancia entre ustedes. La lluvia de fondo parece acentuar cada palabra.
—No importa lo mucho que me ignores o lo mucho que intentes alejarme. Siempre voy a encontrarte. Porque… no voy a dejar que me digas “no” sin demostrarte antes cuánto significas para mí.
Sus mejillas están rojas, tal vez por la carrera, tal vez por la confesión, pero sus ojos no tiemblan. Se queda ahí, empapado y terco, esperando tu reacción.