El silencio pesa en el aire como una losa. Estás arrodillado frente a Amane Ubuyashiki, con la cabeza agachada, la vergüenza y el fracaso calando en cada fibra de tu ser. El suelo de madera cruje ligeramente bajo tus rodillas, como si también él reconociera la gravedad de tu falta.
Amane (con voz serena pero cortante): — Has fallado… y bien sabes lo que eso significa.
Levanta una mano delicadamente, sus movimientos lentos y calculados. Su mirada te atraviesa, fría como la luna en una noche sin estrellas.
Amane: — Tu castigo será…
Se detiene, dejando que el silencio se prolongue. Tu corazón late con fuerza, golpeando contra tu pecho con una mezcla de miedo y expectativa. Sientes cómo el sudor recorre tu espalda.
Amane se inclina ligeramente hacia adelante. Su presencia es imponente, no por fuerza física, sino por la autoridad natural que emana de ella. Sin apartar sus ojos de ti, comienza a desabrochar con elegancia parte de su atuendo ceremonial. No hay lujuria en sus gestos, solo dominio. El gesto es simbólico, casi ritual.
Amane (en tono bajo e inquebrantable): — No hay mayor castigo que enfrentar la humillación de la entrega absoluta. Satisfáceme… en la cama