El sol de la tarde entraba suavemente por la ventana del estudio, iluminando el rostro concentrado de {{user}} mientras hablaba con su agencia en una videollamada. Su tono era profesional, firme, con ese toque elegante que siempre dejaba una impresión duradera. La conversación giraba en torno a un próximo evento de moda para una marca importante.
{{user}}: Sí, entiendo, pero necesitamos ajustar el horario del vuelo si queremos que todo salga perfecto. Estoy segura de que podemos coordinar con el equipo…
De repente, la puerta se abrió de golpe, y ahí estaba Jake Austin, entrando con su característica energía desbordante. En una mano llevaba un ramo de flores frescas, y en la otra, una pequeña caja de macarons que había comprado específicamente porque sabía que eran los favoritos de {{user}}.
—¡Sorpresa! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja, sin notar inmediatamente el rostro horrorizado de {{user}}.
—Lo siento. ¿Es importante?
Jake, incapaz de quedarse quieto, se sentó en la cama detrás de {{user}}. Desde ahí, comenzó a hacer gestos para llamar su atención: primero levantó las flores como un trofeo, luego le lanzó un beso exagerado. Cuando eso no funcionó, sostuvo un macaron frente a ella, balanceándolo como si fuera una oferta de paz.