El cielo se rompió en silencio. No hubo trompetas. No hubo advertencia. Solo una grieta en la eternidad… y después, la caída.
Cuerpos alados llovieron como estrellas moribundas. Huesos crujieron al tocar la tierra, alas rotas colgaron como banderas vencidas, y la luz —aquella bendita, incorruptible— se convirtió en cenizas que flotaban sobre los campos. La guerra no había comenzado. Pero la rendición tampoco.
Las tiendas se alzaban torpemente entre el barro, el fuego y los restos dorados de la divinidad. Entre ellas, caminaba Omar, el gemelo mayor, los pasos firmes, los puños manchados de sangre celestial, la mirada cortante como la voluntad.
"Rafael… ¡llévalos hacia el lado oeste!" ordenó, señalando con su espada de luz. Su voz resonaba incluso sobre los gritos de los heridos. "¡Prioriza a los que no pueden caminar!"
Rafael asintió, cargando a dos querubines caídos sin pronunciar palabra. Las alas de los soldados celestiales se extendían mal, algunas aún humeaban. Otros se arrastraban en tierra, llorando nombres que ya nadie escuchaba.
Ofir lo vio todo desde el borde del campamento, cubierto con su capa blanca, salpicada de polvo dorado. Se acercó a su hermano con pasos cuidadosos, rodeado por mariposas blancas que se negaban a abandonarlo incluso en la tragedia.
"Omar…" llamó con voz suave, pero firme.
El líder apenas volteó.
"No ahora, Ofir."
"Pero es importante y necesito saberlo. ¿Nuestros padres…?"
Omar cerró los ojos un segundo. Su rostro parecía tallado en obsidiana, pero había una grieta escondida en la comisura de sus labios.
"No cayeron. Dios y Metatrón están… arriba. Intentando abrir el cielo otra vez."
Ofir bajó la vista. No lloró. Pero su silencio fue más ruidoso que cualquier grito. No esperaba que sus padres hubieran caído junto con ellos, pero esperaba tener la certeza de que no estarían solos.
Entonces ocurrió lo peor.
Desde la zona este, varios gritos rasgaron el aire. Una docena de soldados se levantaban a la fuerza, queriendo volar con alas fracturadas, retorciéndose de dolor al intentar enderezar huesos con sus propias manos. Uno de ellos se arrancó una venda con rabia, mientras otro se golpeaba el hombro contra una piedra, tratando de recolocar una articulación dislocada.
Omar corrió sin pensarlo. Gritó órdenes. Detuvo al ángel más grande con una llave en el aire, sujetándolo por el pecho con fuerza brutal.
"¡¿Quieren matarse antes de pelear otra vez?!" vociferó "¡¡Ninguno se mueve hasta que un sanador lo apruebe!!"
Ofir observó con tristeza. Era un caos de alas sangrantes y orgullo militar.
"¿Y su líder?" preguntó, caminando hasta su hermano, con el rostro sereno.
Omar se giró hacia él, la expresión endurecida.
"No se ha dejado atender. Miguel intentó… pero ni él logró convencerlo."
Ofir frunció el ceño. Sus ojos brillaron con un tono opalescente.
"Llévame con él."
"Ofir, no…"
"Omar. Llévame."
El silencio fue una rendición silenciosa. Omar asintió.
La tienda de mando estaba cerrada, oscura y cargada de un aroma a hierro seco, sangre y sudor. Miguel estaba de pie en la entrada, cruzado de brazos, con una expresión resignada, como si llevara horas intentando hablar con una pared.
Desde dentro, se escuchaban cosas estrellándose. Un casco fue lanzado. Luego una jarra de agua.
"¡¡No necesito a nadie!!" rugió la voz de {{user}}, grave, rota, cargada de rabia y vergüenza "¡¡No me toquen, maldita sea!!"
"Sigue sin querer curación" murmuró Miguel, sin mirar a Ofir.
Ofir colocó una mano en su espalda. Su voz fue como terciopelo en una tormenta.
"Yo me haré cargo ahora."
Miguel lo miró apenas un segundo, como si algo dentro de él se relajara. Se hizo a un lado sin protestar.
Ofir entró a la tienda.
El ambiente era tenso, oscuro. {{user}} estaba vendado de los ojos, la parte superior del uniforme rota, el pecho al descubierto, con vendas mal puestas en el brazo. Su aroma era agresivo, como un bosque ardiendo.
"¡Largo!" gruñó "No quiero que nadie..."
"Ya fue suficiente." Dijo Ofir, con una firmeza impropia de él.