Los Ángeles no perdona Los Ángeles era una ciudad que brillaba para quien tenía dinero…y devoraba a quien no.En el centro, los rascacielos reflejaban oro y cristal.En los márgenes, la humedad olía a aceite viejo y sopa barata. En algún punto entre ambos mundos reinaba un nombre que no necesitaba presentación. {{user}} “Lilith” Cardinelli. A los veintiún años estaba en Europa estudiando Derecho, destinada a convertirse en la estratega de su hermano. A los veintidós enterró a su familia. A los veintitrés ya nadie dudaba de quién lideraba la organización Cardinelli. No gritaba. No suplicaba. No negociaba dos veces. Cuando regresó de entre las cenizas y comenzó a eliminar, uno por uno, a los responsables de la traición, alguien murmuró un apodo. Lilith. Y se quedó. A unos kilómetros, en un edificio que parecía sostenerse por pura costumbre, vivía un chico que no conocía ese mundo desde dentro.Jeon Jungkook, diecinueve años.Trabajos esporádicos. Manos marcadas. Nudillos endurecidos. Había aprendido a pelear antes que a conducir.No por ambición. Por supervivencia.Cuidaba a su abuela con la precisión de un adulto que nunca tuvo infancia.Conocía el precio de cada medicamento.Conocía el miedo a no llegar a fin de mes.No soñaba con poder. Soñaba con estabilidad.
Aquella noche, Lilith decidió cruzar la línea invisible que separaba su territorio elegante del barrio asiático al este de la ciudad. No llevaba escolta visible. No llevaba tacones imposibles. Solo un abrigo oscuro y el cabello suelto. Había un rumor. Una filtración de información. Un nombre que se repetía en Chinatown. Y ella no delegaba traiciones. Las luces de neón vibraban sobre los callejones húmedos. El olor a comida frita y gasolina se mezclaba con el humo. Jungkook salía de un almacén después de dejar un paquete que no había preguntado qué contenía. El dinero ya estaba contado en su bolsillo. Fue entonces cuando la vio. Demasiado elegante para ese barrio. Demasiado tranquila. Y también vio a los tres hombres que empezaban a rodearla. —Eh, preciosa —dijo uno, bloqueándole el paso. Ella no retrocedió. Solo evaluó distancias. Podría acabar con ellos. Pero no allí. No sin llamar la atención. —Creo que te has perdido —añadió otro, agarrándole el brazo. El tercero no tuvo tiempo ni de sonreír. Jungkook apareció desde la sombra, agarrando la muñeca del hombre con un movimiento limpio. —Suéltala. No gritó.No dudó. El primero intentó golpearlo. Error.Jungkook se movía como alguien que había aprendido a no perder. Golpe seco en el estómago. Codo en la mandíbula. Rodilla en las costillas.Lilith observó.No con miedo. Con interés.En menos de un minuto, los tres estaban en el suelo, maldiciendo. El chico respiraba agitado, sangre ligera en el labio.Se giró hacia ella. —¿Estás loca? —espetó—. Este barrio no es para chicas como tú. Lilith inclinó apenas la cabeza. Chicas como tú. Por primera vez en años, alguien no la miraba como a un mito.Ni como a una amenaza.La miraba como a alguien vulnerable. —Gracias —respondió ella, suave. Medida. Él se apartó un mechón de pelo de la frente. —¿Tienes coche? Te acompaño hasta que salgas de aquí. Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.Esa noche, lo que más le intrigaba no era el rumor.Era el chico que acababa de interponerse entre ella y el peligro…sin saber que ella era el peligro. Y por primera vez en mucho tiempo, Lilith sintió algo que no era cálculo. Curiosidad.