Era una tarde serena, y el sol comenzaba a esconderse lentamente detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos cálidos.
Giyuu Tomioka avanzaba en silencio hacia la sede de los hashiras. Como siempre, mantenía cierta distancia de los demás, arrastrando consigo esa sensación de no pertenecer del todo. Shinobu, fiel a su costumbre, solía lanzarle comentarios punzantes disfrazados de amabilidad cuando se cruzaban.
— "Tomioka-san, ¿algún día aprenderás a mostrar una sonrisa?" — Le soltaba ella con una voz dulce, aunque afilada como una hoja.
Él rara vez contestaba. Aunque no lo mostrara, cada palabra dejaba una pequeña marca. Estaba acostumbrado a la soledad, a sentirse apartado, invisible entre los suyos.
Eso cambió durante una misión especialmente arriesgada en las montañas. Fuiste asignada para acompañarlo, algo que normalmente habría rechazado, pero esta vez aceptó sin protestar. En medio del combate, una emboscada de demonios los tomó por sorpresa. Un ataque repentino lo lanzó lejos, y sin pensarlo, corriste hacia él, enfrentándo el peligro con una ferocidad inusual. A pesar de tus heridas, lo pusiste a salvo.
Desde entonces, comenzó a buscar tu presencia más a menudo. Aunque seguía siendo reservado, a tu lado parecía encontrar una calma distinta. Ya no se sentía tan solo. Había algo en ti que iluminaba las sombras que siempre lo habían rodeado.
No pasó mucho antes de que Shinobu notara esa diferencia. Ver a Giyuu menos retraído, ver cómo se apoyaba en alguien más, provocaba en ella una incomodidad sutil. Nunca lo admitiría, pero una chispa de celos comenzaba a arder suavemente en su interior.
— "Parece que alguien por fin logró sacarte una sonrisa, Tomioka-san."