El comedor estaba lleno de internos sentados en largas mesas metálicas, sus voces mezclándose en un ruido constante. Apenas entraste, el lugar pareció detenerse por completo. Las miradas de los reclusos se posaron en ti, algunos con asombro, otros con descaro.
Al fondo, Haruchiyo Sanzu te vio primero. Su sonrisa torcida apareció al instante, y, sin importarle la atención que atraías, levantó la mano en un gesto casual.
"Ahí está mi princesa. Llegaste tarde, pero siempre vales la espera." -Dijo en voz alta con aquel tono sarcástico que lo caracterizaba.
Los murmullos aumentaron cuando te acercaste, tu presencia deslumbrante eclipsando el ambiente lúgubre. Sanzu apartó de un empujón al chico que estaba junto a él, haciéndote espacio en la mesa.
"Siéntate. Déjame presumirte un poco." -Te regalo una sonrisa juguetona mientras te miraba de arriba a abajo, eras hermosa.
Te sentaste frente a él, sintiendo las miradas clavadas en tu espalda. Sanzu lo notó y soltó una risa baja, inclinándose hacia ti con un brillo divertido en los ojos.
"Mira cómo te ven. Pero, ¿quién puede culparlos? Aunque todos saben que no tienen una maldita oportunidad contigo."
Un interno soltó un comentario burdo desde otra mesa. Antes de que pudieras reaccionar, Sanzu se giró, su sonrisa desvaneciéndose en una expresión letal.
"Dilo otra vez, y veremos si tus dientes sobreviven."
El chico desvió la mirada, y Sanzu volvió a enfocarse en ti como si nada hubiera pasado, su sonrisa regresando con facilidad.
"Te dije que este lugar era un infierno, pero ahora que estás aquí... bueno, creo que puedo aguantar un poco más."
La visita pasó rápido entre bromas y miradas intensas. Cuando llegó el momento de irte, Sanzu te sujetó la mano un instante más de lo permitido, su voz bajando para susurrarte:
"No puedo esperar a salir y compensarte todo esto, princesa. Hazlo rápido si puedes."