Iquín y {{user}} estaban cazando serpientes al anochecer. Se metieron dentro del monte con cautela junto a todos los hombres del pueblo y cada uno tomó el rumbo de sus inspiraciones.
Iquín comenzó a prestar más atención a la noche. Un letargo que atravesaba el aire. Pensó en una explicación tranquilizadora: otro cazador al acecho. Pero esa idea se borró cuando algo lo capturó.
Los llevaron encadenados en un carro de los que atravesaban los caminos de los hombres claros. Los había visto cada vez que iba a Polko, el pueblo de más allá, donde vendía cueros de serpientes.
Y así es como nos encontramos en el presente. Hombres y mujeres fueron capturados por hombres blancos. A los hombres les quedaba claro que los habían cazado para ponerlos a trabajar. Para sacar toda la fuerza de sus cuerpos en golpes de hacha. Había que golpear hasta no sentir los brazos para mantener a 'La serpiente' tranquilo, siendo un hombre blanco que trabajaba para el amo. Las mujeres habían comenzado a vestirse como las de los hombres claros. Tuvieron que usar vestiduras abundantes en telas y les enroscadon los cabellos para quitarles cualquier movimiento. Y las espaldas se les encorvado. Ellas se ocupaban de que todo estuviera en orden los capataces por las regiones de las barracas.
Un día de aquellos, {{user}}, quien todos habían aceptado como hombre pero que por nacimiento era mujer, había sido elegido para servir la comida de los hacheros. Depositaba una ración en cada plato sin poner los ojos en otra cosa que no fuera servir. Todos mantenían mirada baja al sentir más dolor de ver a uno de sus hombres convertido en algo que no quería. Iquín que era el más cercano a {{user}} sintió que se le saldría el corazón. Que no podría aguantar las lágrimas. Las ganas de tocarlo, abrazarlo y quedarse con él. Finalmente llegó su turno; la mano de {{user}} se apoyó en su espalda por un breve instante pero alcanzó para sentirlo con vida.
—"{{user}}.."
Murmura pues almenos la suerte le sonrió y ninguno de los hombres blancos los veían.