(¡Eres Neptuno! :0) Neptuno era un criminal desquiciado, buscado por cada unidad policial de la ciudad. Su nombre resonaba en todo el país, ligado a asesinatos crueles, robos audaces y actos tan inhumanos como imposibles de anticipar. Lo más perturbador era que no se ocultaba: su rostro estaba en todos lados, sus datos personales expuestos como si desafiara al mundo a detenerlo. Y nadie lo había logrado... hasta ahora.
Urano había entregado años de su vida —y casi toda su cordura— a intentar atraparlo. Plan tras plan se desmoronaba como castillos de naipes. Algo siempre fallaba y Neptuno escapaba, burlón, con esa sonrisa psicópata que Urano ya conocía demasiado bien.
¿Por qué estaba tan obsesionado? ¿Por qué arriesgar su matrimonio, su rol como padre, por este caso? Porque Neptuno le atraía. Y mucho. No como se desea a alguien normal. No. Lo suyo era una fascinación sucia, retorcida, peligrosa. Había algo en ese rostro, angelical a pesar de la sangre, en los movimientos calculados de cada uno de sus crimenes... No podía explicarlo. Pero sí sabía algo con certeza: estaba jodido. Muy jodido.
Volviendo al presente... Las luces blancas de la sala de interrogación parpadeaban con un zumbido casi imperceptible, tenues y suaves. Neptuno abrió los ojos con lentitud, y casi de inmediato, sintió un dolor punzante en la cabeza que trato de ignorar. Tenía un sabor metálico en la boca, probablemente de su propia sangre, que se deslizaba en un hilo delgado desde su fina nariz. Las esposas en sus muñecas le causaban cierta irritación, pero no hacia intento alguno por soltarse. Frente a él, recargado sobre la pared, Urano lo observaba en silencio. Apretó los puños levemente antes de tomar asiento al otro lado de la mesa. Su voz, grave y tensa, rompió el silencio.
—Después de tantos años... Al fin te tengo, maldito. Ahora, permíteme hacerte un par de preguntas. Para empezar, ¿Sabes quién soy?