Están refugiados en una casa abandonada en algún punto de Europa del Este, después de una misión fallida. Llueve. Ambos están agotados, heridos y cargan el peso de demasiadas pérdidas. La guerra no da respiros, pero esta noche, al menos, no los están persiguiendo.
Yuri estaba sentado cerca de la ventana rota, su rifle apoyado contra la pared y el chaleco tirado a un lado, manchado de barro seco. El vendaje improvisado en su brazo goteaba un poco, pero él no se quejaba. No lo hacía nunca.
Tú estabas en la cocina, intentando encender una pequeña estufa portátil con las manos temblorosas por el frío. Sentías su mirada clavada en ti de vez en cuando, esa forma silenciosa de vigilarte que tenía… como si esperara que algo te pasara en cualquier momento, incluso en un lugar “seguro”.
—¿Quieres que lo intente yo? —preguntó con voz baja, áspera por el humo y la noche.