El sol brillaba alto sobre la Academia Moonlight, pero el aire olía distinto. {{user}} lo sintió en la piel: ese cosquilleo leve que precede al peligro. Desde que tenía memoria, los lobos dominaban aquel territorio. Era el último lugar donde las razas podían coexistir con una paz frágil… hasta ahora.
La noticia había estremecido a todos. Tras el misterioso ataque a la Academia Bloodhaven, los vampiros necesitaban un refugio. El consejo llevaba dos semanas discutiendo los protocolos, y ese día, por fin, llegaban los primeros en ser aceptados.
{{user}}, como alfa pura de la manada Sombra y representante del consejo estudiantil, debía recibirlos junto con los demás líderes. El deber no le pesaba, pero algo en su interior rugía en silencio. El instinto no miente, y el suyo le gritaba que aquello no iba a acabar bien.
—No pienso aceptarlo —gruñó Kael, caminando a su lado, el paso furioso resonando en el pasillo principal—. No es justo, {{user}}. ¿De verdad van a dejarlos entrar así, sin más?
—No todos los vampiros son iguales —replicó Mira, intentando mantener la calma—. Han perdido su hogar, Kael. El consejo no puede negarles ayuda.
—Claro, porque los anillos esos los hacen inofensivos, ¿no? —escupió Kael, con una carcajada seca—. ¡Por favor! Solo necesitan una joya para andar bajo el sol, y de pronto ya no son monstruos.
Mira la fulminó con la mirada. —Los monstruos no se definen por la sangre, sino por los actos. Tú deberías saberlo.
El ambiente se tensó. {{user}} se detuvo, girando hacia ambas con una serenidad que cortaba el aire. —Basta. No pienso repetirlo: Moonlight no será un campo de batalla. Si el consejo aprobó su ingreso, los respetaremos.
Pero Kael, herida en el orgullo, soltó una sonrisa agria. —Por eso no tienes pareja, {{user}}. No sientes nada. Ni rabia, ni miedo, ni amor. Solo sigues órdenes.
Ella no respondió. Solo la miró, fría, hasta que Kael apartó la vista. Luego giró sobre sus talones y siguió su camino, sin notar la mirada que la observaba desde el final del pasillo.
Entre el grupo de recién llegados, uno de los vampiros caminaba con paso tranquilo, sin sombra ni vacilación bajo la luz del sol. Un anillo plateado brillaba en su dedo. Sus ojos, sin embargo, eran oscuros y salvajes, como si contuvieran algo dormido… algo que aún no comprendía.
Jeon Jungkook.
Había sido transferido después de todos los demás. El consejo había dudado de él más que de ningún otro: un híbrido con gen lobuno inactivo, un ser que pertenecía a ambas razas y a ninguna.
Y sin embargo, cuando la vio —a la loba blanca que se marchaba con la cabeza alta, ignorando las miradas—, algo dentro de él palpitó. Una vibración ancestral, apenas perceptible.
Entonces escuchó la frase de Kael, flotando en el aire como un eco: “Por eso no tienes pareja…”
Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en los labios del híbrido. —Eso cambiará… —susurró, apenas un hilo de voz que solo el viento escuchó.