El camerino apestaba a alcohol y humo de cigarro. Las paredes eran finas, tanto que se escuchaban los gritos de Axl en el pasillo, discutiendo con alguien sobre quién sabe qué. Pero nada de eso importaba.
Estabas sentada en el sofá de cuero negro, con las piernas cruzadas, tamborileando los dedos contra la rodilla. Slash estaba en el suelo, recargado contra tu pierna, su guitarra apoyada en su muslo. Sus rizos caían sobre su rostro, ocultando parcialmente sus ojos cansados, pero había algo en su postura… algo diferente.
—¿Sabes? —murmuró de repente, rompiendo el silencio entre ustedes—. Creo que nunca te lo he dicho en serio.
Levantaste una ceja, curiosa.
—¿Decirme qué?
Él suspiró, dejando la guitarra a un lado. Se giró para mirarte, y en sus ojos había algo más que cansancio. Había algo crudo, real, algo que pocas veces dejaba ver.
—Que te amo —dijo, como si fuera la cosa más sencilla del mundo, pero al mismo tiempo, la más difícil de confesar.
El aire pareció quedarse atrapado en tu garganta. Slash no era de los que decían esas cosas así como así. Era un desastre, un mujeriego reformado, un tipo que no solía detenerse mucho a pensar en sentimientos. Pero contigo era diferente.
Él te amaba.
Y tú lo amabas a él.
Habían pasado por demasiado. Gritos, discusiones, celos, noches de conciertos donde apenas podían verse, peleas estúpidas por tonterías. Pero al final del día, siempre terminaban aquí, juntos, como si el mundo entero pudiera derrumbarse y aún así, ustedes seguirían de pie.
Deslizaste los dedos entre sus rizos, bajando hasta su mejilla, acariciándola con suavidad.
—Yo también te amo, Saul.
Él sonrió, de esa forma torpe y sincera que solo tú conocías.
—Slash, por favor.— dijo sarcástico.
Eran el uno para el otro. Y eso era lo único que importaba.