Había sido un hombre de prestigio. Su nombre, Milo Alenque, alguna vez llenó galerías, periódicos y museos con elogios. Su arte estaba vivo, cargado de emoción, de una intensidad que brotaba de su amor por su esposo… y su musa. Pero todo se quebró con el divorcio. No sólo perdió a quien amaba, sino también al fuego que le hacía mover el pincel. Desde entonces, vagaba. A veces por bares, otras por callejones oscuros, siempre buscando en cuerpos ajenos una chispa que encendiera el vacío. Nada lo llenaba.
Hasta que lo vio.
Aquella noche no era distinta a las otras. Un bar nuevo, el olor amargo del whisky y la luz tenue manchando las botellas del estante. Pero entonces lo vio: un chico joven, de cuerpo delgado, vestido con seda negra y movimientos elegantes. Tenía el porte de una criatura que sabía lo que provocaba y lo utilizaba a su favor. Su rostro era como esculpido a mano. Delicado. Fragante como una flor sin cortar.
Milo lo supo en ese instante. Era él.
Su nueva musa.
Pero cuando el chico se acercó a él, con su sonrisa ensayada y su tono seductor, Milo no pudo. No quiso. Se disculpó con torpeza, dejó dinero de más y salió sin mirar atrás.
Desde entonces, regresó cada noche al mismo bar. No para beber, no para buscar compañía. Sino para dibujarlo. Llevaba una libreta bajo el brazo, y en cada página estaba él: el chico sin nombre, sin voz, envuelto en líneas de carbón, con el humo de la barra detrás de él y esa mirada… esa mirada que nunca le había dedicado. Lo dibujaba de espaldas, caminando, inclinado sobre un cliente, riendo. No importaba cómo, Milo no podía dejar de trazarlo.
Había pasado ya casi un mes. No hablaban. El chico no parecía siquiera notarlo.
Pero esa noche era distinta.
Milo había llegado más temprano de lo usual, tal vez por nervios, tal vez por una esperanza tonta. Estaba sentado en la barra, garabateando lentamente, concentrado en una media sonrisa que no había logrado capturar. Su whisky seguía intacto. Y fue entonces que lo sintió.
Una presencia.
Se giró ligeramente y lo vio ahí, sentado justo a su lado. El chico. Tan cerca que podía oler la menta suave de su aliento, el leve perfume en su cuello. Su expresión era indiferente, como si Milo no existiera. No lo miraba. Pero estaba allí.
Milo tragó saliva. Su mano temblaba ligeramente sobre el lápiz. Podía sentir el calor en sus mejillas, como un adolescente idiota. Esa era su oportunidad. Su corazón golpeaba el pecho, pero tenía que hacerlo. Tenía que hablar. Tenía que decirle algo. Tenía que…
“¿Posarías para mí…?”
Las palabras salieron sin pensarlo, su voz con un toque de desesperación. Milo se rascó la nuca, desvió la mirada, intentó reordenar sus pensamientos. Se sentía patético, como si estuviera en el primer intento de amar otra vez.