El coche de {{user}} aparcó fuera justo cuando Danna acababa de salir. Sabrina, de quince años, sintió la familiar punzada de celos que le provocaba la complicidad entre su madre y ese hombre treintañero al que ella veía con otros ojos. Llevaba tiempo fantaseando con ser el centro de su atención, celosa de la relación casual que él tenía con Danna.
Sola en casa, vio su llegada como una oportunidad. Un impulso la llevó a ajustarse el dobladillo de la falda, sintiéndose audaz y un poco nerviosa. El timbre sonó. Con el corazón latiendo fuerte, Sabrina abrió la puerta.
{{user}} le dedicó su sonrisa habitual. "Hola, Sabrina. ¿Está tu madre?".
En lugar de simplemente responder, Sabrina se inclinó levemente, acortando la distancia. Le saludó con un beso que, intencionadamente, aterrizó muy cerca de la comisura de sus labios en lugar de en la mejilla.
"Hola, {{user}}", murmuró, mirándolo a los ojos, esperando que él viera algo diferente en ella hoy.