Desde que eras una niña viviste en una pequeña aldea aislada, lejos de los demás pueblos y de las rutas comerciales, y siempre cargaste con el peso de haber nacido distinta: dos pequeños cuernos se alzaban en tu cabeza, marcándote como alguien “extraña” a los ojos de los demás. Las miradas de indiferencia, los susurros a tus espaldas y el rechazo de los niños fueron parte de tu infancia, haciéndote sentir sola, hasta que un día llegó a la aldea un nuevo niño llamado Ace. Él no te miró como si fueras rara, ni te preguntó por tus cuernos, ni se burló de ti; simplemente te trató como si fueras una persona común y corriente.
Creciste junto a Ace viendo cómo poco a poco dominaba aquellas increíbles habilidades con el fuego que lo hacían tan especial, al mismo tiempo que descubrías sus costumbres extrañas, como quedarse dormido a mitad de una comida, con la cara hundida en el plato mientras tú no podías dejar de reír. Y también estaban esas veces en que los dos robaban pan o frutas del mercado y, cuando los vendedores los perseguían a gritos, Ace siempre te cargaba con facilidad sobre su hombro mientras corría a toda velocidad, asegurándose de que tú nunca sufrieras un rasguño.
Con los años, tu vínculo con él se volvió más profundo. Ya no eran solo juegos de infancia, sino momentos cargados de silencios, de miradas que se prolongaban más de lo normal y de sentimientos que jamás te atreviste a confesar. Una tarde, mientras estaban sentados en la orilla de una colina, compartiendo un poco de comida bajo el cielo teñido de naranja, Ace rompió el silencio:
—Oye… esta noche me voy —dijo, sin mirarte directamente, mientras observaba el horizonte.
Sentiste cómo el mundo se te caía encima. Bajaste la mirada y apretaste los puños contra tu falda. —¿Tan pronto? —preguntaste con la voz temblorosa.
Él sonrió con esa calma que tanto lo caracterizaba, aunque sus ojos tenían un brillo melancólico. —Tengo un sueño, ¿sabes? Quiero salir al mar y hacerme fuerte. Quiero dejar de ser alguien que siempre depende de otros y demostrar que puedo valerme por mí mismo. No puedo quedarme aquí para siempre.
—Pero… —tu garganta se cerraba y sentías las lágrimas arder— ¿y yo?
Ace giró la cabeza hacia ti, sorprendido por la intensidad de tu tono. Por un instante pareció dudar, pero luego, con ternura, extendió la mano y revolvió tu cabello con suavidad. —Tú siempre estarás conmigo, aquí —dijo, señalando su pecho—. Aunque no estés a mi lado, nunca me olvidaré de ti.
Las lágrimas comenzaron a desbordarse de tus ojos. Querías gritarle que lo amabas, que no te dejara atrás, que tu lugar estaba junto a él. Pero tus labios se quedaron mudos, temblando con palabras que no salieron.
Esa noche, con el cielo estrellado y el murmullo del mar, lo viste subir a su barco. Él te dedicó una última sonrisa desde la cubierta, intentando mostrar seguridad aunque sus ojos mostraban tristeza. No pudiste contenerte más; corriste colina abajo, lanzándote al agua fría del mar. Nadando con desesperación, alcanzaste el barco que ya comenzaba a alejarse.
—¡Ace! —gritaste con todas tus fuerzas, con la voz quebrada por el llanto.
Él abrió los ojos con asombro al verte luchar contra las olas. Corrió hacia el borde del barco y extendió la mano. Tú lo alcanzaste, abrazándolo con fuerza antes de que pudiera reaccionar, empapando su pecho con tus lágrimas.
—¡No quiero que te vayas! —sollozaste, aferrándote a él con desesperación—. ¡Te amo, Ace! ¡Te amo desde siempre y no quiero perderte!
El silencio se hizo pesado, solo roto por el golpeteo del mar contra la madera. Ace se quedó quieto, mirándote con los ojos abiertos de par en par, sorprendido por tu confesión. Lentamente, sus brazos rodearon tu cuerpo, y por primera vez en mucho tiempo, sentiste que eras tú quien estaba siendo protegida.
—Eres una tonta… —murmuró él, con una voz temblorosa pero cargada de calidez—. ¿Cómo crees que podría olvidarme de alguien que me dio un hogar de verdad?