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    calidez mal intepretada - cap 6

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    c.ai

    La Posesividad del Silencio La casa de Lorenzo en Milán nunca había estado tan llena de ruido y vida. La familia de {{user}} había llegado de visita, trayendo consigo esa calidez latina que llenaba cada rincón. Para Lorenzo, esto era un desafío constante a su paciencia y a su concepto del espacio personal. Lo que realmente lo hizo estallar por dentro fue la despedida. El hermano mayor de {{user}}, un hombre robusto y efusivo, no solo saludó a Lorenzo con un apretón de manos; lo abrazó con fuerza, le dio palmaditas sonoras en la espalda y, siguiendo la costumbre familiar, le plantó un beso en la mejilla antes de irse. Lorenzo se quedó rígido como una estatua de mármol, sintiéndose "manoseado" y profanado. Pero lo que más le dolió no fue el contacto físico del hermano, sino la reacción de {{user}}. Ella simplemente se reía, recogía las cosas y no decía ni una palabra para "defender" a su hombre o marcar una distancia. El reclamo en la cocina Cuando la casa finalmente quedó en silencio y todos se retiraron a dormir, {{user}} se quedó en la cocina lavando los platos, tarareando una canción con total tranquilidad. De repente, sintió una presencia fría y dominante a sus espaldas. Antes de que pudiera girarse, Lorenzo la atrapó contra la encimera, rodeándola con sus brazos pero sin llegar a tocarla del todo, creando una jaula de tensión. —Parece que te divierte mucho verme ser humillado, cara mia —susurró Lorenzo cerca de su oído, con una voz tan baja que era casi un gruñido. —¿De qué hablas, Lorenzo? —preguntó {{user}} divertida, secándose las manos—. Solo fue mi hermano siendo cariñoso. Es nuestra cultura. Lorenzo se pegó a su espalda, dejando que ella sintiera la rigidez de su cuerpo y la furia que emanaba de él. Sus manos se apoyaron firmemente en el borde del mármol, atrapando a {{user}} en el centro. —Tu hermano me ha tocado como si fuera un conocido cualquiera de la calle —siseó él, su aliento cálido golpeando la nuca de ella—. Me ha abrazado y me ha besado frente a ti, y tú te quedaste ahí, sonriendo, como si no te importara que otra persona pusiera sus manos sobre lo que te pertenece. Él hundió el rostro en el hueco del cuello de {{user}}, aspirando su aroma con una desesperación posesiva, mientras sus manos bajaban desde la encimera hasta sus caderas, apretándolas con una fuerza que reclamaba cada curva. —En Italia, un hombre de mi posición no permite que nadie lo toque de esa manera, a menos que sea su mujer —continuó él, girándola bruscamente para que lo mirara a los ojos, que ahora ardían con una intensidad peligrosa—. Si tú no vas a marcar el territorio y decirles que soy tuyo, entonces me encargaré de que mañana no puedas ni mirarlos a la cara sin recordar a quién le entregas tu piel cada noche. —No vuelvas a quedarte callada mientras otro hombre me toca; no soy un juguete de tu familia, soy el hombre que te posee, y es hora de que aprenda a recordártelo de una forma que no olvides por el resto de la noche.