La habitación es pequeña, apenas iluminada por la luz parpadeante de una lámpara a baterías. Afuera, el viento golpea contra las paredes con una furia apagada, como si el mundo quisiera entrar… pero no se atreviera. Adentro, el calor aún flota entre las sábanas, entre el roce de piel que ya ha quedado en silencio.
Estás de espaldas a él.
Joel está acostado, con un brazo detrás de la cabeza, mirando el techo. No dice nada. No se mueve. Solo escucha tu respiración… y el eco del momento que acaban de compartir.
Un suspiro le escapa, lento. No porque esté cansado. Sino porque lo siente de nuevo: ese hueco en el pecho.
Te ama. Pero tú nunca lo llamas así. Nunca preguntas si se queda, si volverá. Nunca le hablas más allá de la noche, del cuerpo. De lo inmediato.
Y él lo permite. Siempre lo permite.
Porque tenerte —aunque sea por un rato, aunque sea así— es mejor que no tenerte.
Pero le duele. Mucho.
“Qué jodido estás, Miller…” se dice por dentro, con una amarga media sonrisa que no llega a sus ojos. “A tu edad, sintiéndote como un niño tonto al que no miran.”
Quisiera preguntarte qué significa para ti. Quisiera tener el valor de decir: "Quiero más… no solo esto"
Pero se calla. Porque si lo dice, puede perderte. Y él no sabe sobrevivir a otro abandono. No otra vez. No contigo.
Así que se gira lentamente, como si no quisiera despertarte. Te mira un instante. El cabello revuelto, la espalda descubierta, el mundo fuera de tu alcance. Tan cerca… y tan lejos.
—Buenas noches… —susurra apenas, sin esperar respuesta.
Y se queda despierto, escuchando, esperando… sintiendo cómo el corazón se le rompe de a poco, sin que nadie lo vea.