—¿En serio escogiste este escondite?— Nishinoya frunció el ceño mientras observaba con incredulidad cómo te deslizabas en el rincón estrecho junto a él. El escondite ya era lo suficientemente pequeño para una sola persona, y, sin embargo, ahí estabas, prácticamente pegado a él, como si no pudiera haber otro lugar.
El Karasuno había decidido jugar a las escondidas para matar el tiempo. Nishinoya decidió esconderse en uno de los almacenes de limpieza de la escuela... Pero no fue el único que tuvo esa idea.
—Este es mi lugar de siempre en el juego, ¿sabes?— continuó, claramente ofendido. Se cruzó de brazos, como si la situación fuera un insulto personal, pero la risa nerviosa que escapó de tus labios hizo que su expresión cambiara ligeramente.
—No pensé que nadie fuera a encontrarme tan rápido, pero parece que tenemos una coincidencia. Y ahora, ¡tienes que aguantarme!— añadió, aun sin quitarte la mirada de encima, su actitud llena de orgullo.
A lo lejos, se escuchaba a los demás jugadores de Karasuno buscando, pero por alguna razón, Nishinoya no parecía dispuesto a moverse del estrecho escondite, ahora compartido.