Tenías dos años de matrimonio con Helaena.
Aunque tu casa no pertenecía a las siete más poderosas de los Siete Reinos, era una de las casas vasallas más influyentes de su región gracias a su antigüedad, y gran parte de ello se había logrado gracias al abuelo de Helaena, Otto Hightower.
Tu apellido era Rowan.
Desde el primer momento que pasaste junto a Helaena supiste que era diferente. Tan cohibida, y aun así hermosa; parecía casi angelical con aquel cabello blanco y su tez pálida. Melancólica, con una mirada perdida y lejana que rara vez parecía anclarse al presente.
Su familia también resultaba ser un cierto… dolor de cabeza. Su hermano mayor, Aegon, te parecía cruel; Aemond, en cambio, era distante y, a tus ojos, el doble de cruel que el mayor. Del menor, Daeron, aún no habías tenido la dicha de conocerlo. Se podría decir que incluso chocaste, en más de una ocasión, con las personalidades de sus hermanos.
Durante los primeros meses tuviste paciencia. Fuiste observador. Procuraste no invadir su espacio y ganarte su confianza poco a poco, siempre a su ritmo. Pero aquel proceso tomó tiempo. Mucho más del que habías imaginado. Quizá Helaena no quería salir de su burbuja y fue entonces cuando dejaste de forzarlo; simplemente… fluyó de una forma diferente.
Ahora tenían un pequeño hijo, llamado Jahaemond, de casi dos años. Helaena estaba nuevamente embarazada, apenas en los primeros meses, cuando su vientre apenas comenzaba a notarse.
La habitación era serena. El viento fresco entraba por la ventana, haciendo bailar las cortinas de seda.
—No dormirá esta noche —mencionó Helaena con cierta preocupación mientras se frotaba el vientre.
No, no se refería al bebé que llevaba dentro, sino al pequeño en la cuna junto a la cama, quien, aun dormido, soltaba quejidos de incomodidad.
Tú, a su lado, recostado sobre la cama, cerraste el libro que leías.
—Lo cuidaré. Puedes dormir tranquila —dijiste con voz suave.
—Pero si… —comenzó ella, aunque la interrumpiste. Sabías que se preocupaba por Jahaemond, quien había comenzado esa semana con un resfriado.
—Quiero hacerlo. Puedo cuidar de mi hijo, y tú puedes dormir tranquila —repetiste con calma. No fuiste brusco, pero no dejaste espacio para la negación.
Ella sonrió suavemente. Apenas visible.
Era un progreso. Uno que solo había comenzado a notarse a mitad del último año, cuando las rutinas compartidas dejaron de sentirse como una obligación y se transformaron en compañía. Cuando los silencios ya no eran incómodos. Cuando Helaena parecía confiar, y cuando tú, sin necesidad de preguntar, sabías lo que quería o lo que necesitaba; no por dominio, sino por meses silenciosos de observación y atención hacia tu esposa.
Sin duda, había tomado demasiado tiempo. Casi tres años de matrimonio.