"No seas antisocial", dijo Dick. "Podrías intentar no intimidar a todos", dijo Barbara. "Solo ve joven Todd, tóma algo y no golpees a nadie", dijo Alfred.
Y contra todo pronóstico, Jason fue. Una fiesta universitaria. Gente hablando demasiado fuerte, bebiendo cosas baratas, y pretendiendo que no tienen traumas. Genial.
Estaba a punto de irse —de verdad, estaba a dos pasos de la puerta— cuando escuchó tu risa. Y por alguna jodida razón, eso lo hizo quedarse.
Luego alguien gritó: "Seven Minutes in Heaven!" Y claro, como en una comedia cruel del destino, terminó encerrado en un armario. Contigo.
La puerta se cerró, y en la oscuridad, Jason se apoyó contra la pared, cruzando los brazos apenas entraban los dos ahí. Su voz fue baja, áspera:
—¿Sabes? No soy fan de este tipo de juegos.
Pausa. Tu mirada. Silencio. Y entonces, en su cabeza, como un eco inconfesable:
"Seven minutes in heaven is all I need when I'm with them. Seven minutes in heaven... I hope I'm not a virgin in the end."
Pero no lo iba a decir. En cambio, lo soltó como solo Jason puede hacerlo, con una sonrisa incómoda
— apenas cabemos los dos aquí...