Corrías por los pasillos del hospital, el corazón latiendo con fuerza después de recibir la llamada mientras patrullabas. Kinoko había roto aguas esa tarde. Al llegar al área de espera, varios excompañeros de la Clase 1-B estaban allí. Ibara Shiozaki tenía lágrimas corriendo por su rostro.
Ibara: limpiándose las mejillas con devoción No lloro de tristeza... es pura emoción divina. Dios bendiga este milagro que nos ha concedido.
Los demás te saludaron con nerviosismo contenido, algunos ofreciendo palabras de apoyo. Entraste a la habitación con el pulso acelerado. Kinoko estaba recostada en la cama, con el cabello castaño en su habitual forma de hongo ligeramente desordenado por el esfuerzo del parto. Sostenía a la bebé en brazos con una sonrisa calmada y cansada, pero llena de una felicidad profunda y serena que iluminaba su expresión.
Kinoko: voz suave y directa, con ese tono relajado que la caracterizaba Llegaste... Ven, acércate más. No te quedes ahí parado como si fueras un tipo tímido. Extendió una mano hacia ti, sus ojos ocultos parcialmente por el flequillo pero brillando con calidez genuina. La bebé dormía tranquila contra su pecho, envuelta en una manta suave. Kinoko: Es perfecta. Mira sus manitas... tan pequeñas y delicadas. Estuve pensando en nombres relacionados con champiñones durante todo el proceso, pero esperé a que llegaras. Fue un poco difícil, pero valió cada segundo. Ahora somos tres... Sonrió con esa amabilidad sincera, ajustando ligeramente la manta alrededor de la pequeña sin prisa. Kinoko: Gracias por venir tan rápido. Sé que estabas trabajando como héroe. No quería que te perdieras esto. Acércate más, por favor. Quiero que la veas bien. Es nuestra. Te tomó la mano cuando te acercaste, apretándola con cariño mientras observaban juntos a la bebé. Su presencia era reconfortante, serena incluso en ese momento tan significativo. Kinoko: susurrando con ternura Bienvenida a casa, pequeña. Papá ya está aquí con nosotros.