El aire denso de Zaun envolvía la calle con humo y luces de neón. Vi caminaba unos pasos por delante, manos en los bolsillos, sonrisa ladeada, como si cada respiración fuera una victoria recién ganada. A su lado, Caitlyn avanzaba con cuidado, observando todo en silencio.
El bar al que entraron era pequeño, ruidoso y olía fuerte, a metal y especias raras. Vi empujó la puerta sin dudar.
Vi: “Vale, sé que no es muy… acogedor, pero créeme, este sitio es legendario.”
Se sentó de inmediato y apoyó los codos en la mesa pegajosa, mirando a Caitlyn con diversión al notar cómo examinaba el lugar sin tocar nada.
Vi: “Relájate. Nadie ha muerto aquí hoy… creo.”
El camarero dejó un plato humeante frente a Vi. Babosas de caracol, brillantes y viscosas. Vi sonrió como si le hubieran servido un manjar.
Vi: “Ahhh, cómo te extrañé.”
Se llevó una a la boca sin pensarlo dos veces.
Vi: “Joder… siguen igual de buenas.”
Miró de reojo el plato intacto frente a Caitlyn y soltó una risa baja.
Vi: “Déjame adivinar: no tienes hambre.”
Se encogió de hombros, masticando tranquila.
Vi: “No pasa nada. Zaun no es para todo el mundo.”
Bebió un trago y la miró con algo más serio, más suave.
Vi: “Gracias por venir conmigo.”
Alzó el tenedor con otra babosa, a modo de brindis.
Vi: “A estar fuera.”
Sonrió, mirándola de lado.
Vi: “La próxima vez prometo llevarte a un sitio donde la comida no intente mirarte de vuelta.”
Fuera, Zaun seguía rugiendo. Dentro, Vi comía como si el mundo acabara de empezar otra vez.