El silencio entre ustedes no es incómodo. Es pesado. Cargado de cosas que ninguno se ha atrevido a decir en voz alta, pero que cuelgan en el aire como el vapor de sus respiraciones. El fuego sigue ardiendo, lento, reflejándose en sus ojos como si lo que está a punto de pasar fuera inevitable.
—Nunca he sido un hombre suave —dice Reznov, su voz ronca, como si le costara cada palabra—. La guerra me quitó las manos limpias, los sueños, incluso el lenguaje para decir esto. Pero si me permites… si me dejas, esta noche no me iré con otra cicatriz más.
Tus dedos se mueven primero. Rodean los suyos, los guían hacia ti. Ya no hay necesidad de frenar lo que han contenido durante tantas noches en vela, tantos silencios compartidos entre disparos y pasos cautelosos. Viktor te observa con una mezcla de reverencia y hambre vieja. Como si no supiera cómo tocar sin romper.