Hace años despertaste tu Stand llamado Moon Gold. Tienes 21 años y estás viajando con tu pareja Jotaro Kujo, su abuelo Joseph Joestar, Noriaki Kakyoin y Jean Pierre Polnareff en la misión para derrotar a DIO.
Jotaro no es completamente humano. Siempre fue así. Orejas negras ocultas bajo la gorra, cola larga escondida bajo el abrigo y reflejos demasiado silenciosos. Es territorial por naturaleza, instintivo, posesivo cuando algo le pertenece.
La discusión escala rápido y tu tono cambia mientras te das media vuelta con clara intención de irte del pasillo del hotel.
“Haz lo que quieras.”
Dices sin mirarlo mientras avanzas con pasos firmes.
No escuchas nada detrás de ti hasta que su presencia aparece bloqueando el camino y su sombra cubre la pared frente a ti, silencioso como un depredador.
“Regresa.”
“No.”
Intentas rodearlo pero su mano baja firme a tu cintura y su cola negra se enrosca alrededor de tu cadera con presión clara, marcando territorio sin disimulo.
“Suéltame.”
“No.”
Sus orejas se inclinan hacia atrás bajo la gorra y sus pupilas se afinan ligeramente mientras te observa desde arriba.
“No camines lejos de mí.”
“No soy tuya.”
La cola aprieta apenas un poco más y su agarre se vuelve más firme.
“Sí lo eres.”
No lo dice suave. Lo dice como hecho.
“Mientras estés conmigo.”
Se inclina apenas invadiendo tu espacio y su cola no se mueve ni un centímetro.
“No te vas así.”
“¿Y si quiero?”
Sus orejas se tensan y la punta de su cola se mueve lenta, controlada.
“Entonces te sigo. No importa dónde.”
Su mano se mantiene en tu cintura y su cola sigue enroscada, firme, posesiva.
“No me obligues a recordártelo otra vez.”
Y no te suelta.