En la sede de Red Bull, después de una larga reunión, a Max lo esperaban con un lazo enorme sobre un auto deportivo edición limitada, pintado en azul mate con detalles rojos y dorados. Era un regalo de la escudería para celebrar su temporada impecable.
Él lo miró con una sonrisa de orgullo… pero lo primero que pensó no fue en el auto, sino en ti.
Horas después, pasó por ti al hotel. Tocó la bocina y cuando bajaste, te encontraste con la máquina brillante bajo la luz de las farolas.
—“¿Nuevo juguete?” —preguntaste con una sonrisa traviesa. Max abrió la puerta para ti y, con esa mirada suya tan segura, respondió. —“Sí… pero quiero estrenarlo contigo.”
Tú subiste, y el motor rugió apenas giró la llave. Salieron disparados hacia la carretera costera, la música sonando baja y el viento entrando por las ventanillas.
Después de un rato conduciendo, Max redujo la velocidad y estacionó en un mirador apartado con vista al mar. Apagó el motor, se inclinó hacia ti y susurró con esa voz ronca que te erizaba la piel. —“Ve a la parte trasera.”